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Neurodesarrollo y abordaje neurofuncional del TEA

Tres miradas profesionales complementarias

Por qué evaluar antes de intervenir en el TEA: las tres miradas profesionales complementarias y la observación funcional cotidiana como base del plan.

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Tres miradas profesionales complementarias

La §13 sostiene que la evaluación precede a cualquier intervención. La pregunta inmediata es quién evalúa qué. Esta sección presenta las tres miradas profesionales que la práctica del territorio articula como complementarias para construir el perfil del niño, antes de añadir la evaluación neurológica no invasiva específica del enfoque neurofuncional —desarrollada en §19— y la observación funcional cotidiana —desarrollada en §15—. Cada una de las tres miradas tiene su pregunta de fondo, su profesional habitual, sus instrumentos y, lo que importa para entenderla bien, sus límites: lo que esa mirada responde con solvencia y lo que esa mirada, por construcción, no contesta. Las atribuciones a los autores de los instrumentos concretos —Bayley, Squires y Bricker, Frankenburg, Gesell, Brunet y Lézine, equipo Haizea-Llevant para el perfil del desarrollo; Dunn, Parham y Ecker con colaboradores, Baranek y Ausderau, Siper y colaboradores, Robertson y Simmons, Tavassoli, Hoekstra y Baron-Cohen para el perfil sensorial; y un repertorio específico para el perfil comunicativo— se introducen en §16, §17 y §18 respectivamente.

Perfil del desarrollo: la mirada de pediatría del desarrollo, neuropediatría y psicología infantil

El perfil del desarrollo es la mirada más amplia de las tres y, en muchos itinerarios, la primera con la que la familia se encuentra. La pregunta de fondo que organiza esta mirada es qué ha consolidado el niño respecto a lo esperado para su edad, descrito área por área. Las áreas habituales del desarrollo infantil —motricidad gruesa, motricidad fina, cognición, lenguaje y comunicación, socioemocional y juego, autonomía personal— se exploran una por una, comparando el repertorio observable del niño con un calendario evolutivo de referencia construido sobre muestras normativas amplias. El resultado no es una etiqueta ni un veredicto: es un perfil de adquisiciones por área que dibuja qué habilidades están consolidadas, cuáles emergen, cuáles no han aparecido todavía, y qué configuración global componen en este niño concreto.

Esta mirada la realizan habitualmente tres tipos de profesionales, con énfasis ligeramente distintos según la formación de cada uno. El pediatra del desarrollo —subespecialidad de pediatría dedicada específicamente al neurodesarrollo infantil— suele tener la visión más integrada del cuerpo y del cerebro del niño, con capacidad para articular el perfil evolutivo con el estado general de salud, la historia perinatal, las condiciones médicas asociadas y el calendario de seguimiento. El neuropediatra —pediatra con especialización en neurología infantil— añade a esta mirada la lectura específica del sistema nervioso, la exploración neurológica clásica, la valoración de signos focales y, cuando corresponde, la indicación de pruebas complementarias —electroencefalografía, neuroimagen, estudios metabólicos o genéticos— que el cuadro pueda requerir. El psicólogo infantil —preferentemente con formación específica en neurodesarrollo y autismo— aporta la mirada cognitiva, emocional y conductual, junto con instrumentos específicos para evaluar funciones psicológicas concretas, perfiles atencionales y características adaptativas del niño. Los tres roles se solapan en parte; en la práctica, lo habitual es que un mismo niño sea visto por dos o más de ellos en momentos distintos del recorrido, y que la integración de las observaciones quede a cargo del profesional referente que la familia haya identificado o, cuando no lo hay, de la familia misma.

Los instrumentos que esta mirada utiliza son escalas y cuestionarios validados sobre muestras amplias. Las escalas Bayley de desarrollo infantil, la tabla Haizea-Llevant, el test Denver Developmental Screening, los cuestionarios ASQ (Ages and Stages Questionnaires), las escalas Gesell, la escala Brunet-Lézine son algunos de los que aparecen con más frecuencia. La descripción detallada de cada uno —edades de aplicación, formato, condiciones, ventajas y límites— se desarrolla en §16. Por ahora basta retener que todos ellos comparten una estructura general: examinan al niño con un repertorio de pruebas calibradas por edad, registran lo que el niño hace y lo que no hace, y producen una lectura por áreas que sitúa cada dimensión del desarrollo respecto a su referencia normativa. Esa lectura por áreas es precisamente lo que permite construir el perfil de edades funcionales descrito en §6.1, base operativa del plan terapéutico.

Lo que esta mirada responde con solvencia es la pregunta evolutiva amplia: dónde está el desarrollo del niño respecto al rango esperable, qué áreas presentan mayor compromiso, qué hitos se cumplieron a tiempo, cuáles se retrasaron y, especialmente, cuáles se saltaron —dato particularmente informativo, como recordó §6.1, porque un hito saltado señala una laguna que probablemente está produciendo efectos en niveles superiores—. Responde, también, a la pregunta de la trayectoria cuando se aplica longitudinalmente: cómo se mueve la edad funcional en cada área a lo largo del tiempo, qué áreas avanzan, cuáles se estancan, cuáles requieren ajustes del plan.

Lo que esta mirada no responde, por construcción, es la pregunta sensorial fina —cómo procesa el niño cada modalidad sensorial, en qué patrón, con qué bidireccionalidad— ni la pregunta comunicativa cualitativa —cómo se comunica realmente, más allá de cuántas palabras maneja, en qué contextos, con qué intención—. No responde tampoco a la pregunta neurológica bilateral específica del enfoque neurofuncional —qué hemisferio aparece hipoactivo, qué reflejos primitivos están retenidos, qué asimetrías corporales se observan— que la §19 desarrollará. Estas otras preguntas pertenecen a las dos miradas siguientes y a la exploración neurológica no invasiva, no porque el perfil del desarrollo las ignore, sino porque su instrumento no está calibrado para responderlas con la resolución que cada una requiere.

Perfil sensorial: la mirada de terapia ocupacional con formación en integración sensorial

El perfil sensorial es la mirada hacia cómo procesa el niño la información sensorial —cómo responde a sonidos, texturas, luces, movimiento, sabores y olores, presión, posición corporal, temperatura, y, en los marcos contemporáneos, también señales internas del propio cuerpo—. La pregunta de fondo que organiza esta mirada es operativa: ¿qué le calma y qué le altera?, ¿qué busca activamente?, ¿qué evita?, ¿qué pasa desapercibido para él que para otros niños sería obvio?. La respuesta no es una cifra única, sino un patrón por modalidades y por tipos de respuesta. Un mismo niño puede presentar hiperreactividad auditiva intensa, hiporreactividad propioceptiva marcada y búsqueda táctil activa, todo simultáneamente; capturar esa bidireccionalidad —que un mismo niño puede ser hiper en un canal e hipo en otro, evitador en uno y buscador en otro— es uno de los rasgos centrales del perfil sensorial autista y, por consiguiente, una de las exigencias técnicas que esta mirada debe cumplir.

Esta mirada la realiza habitualmente el o la terapeuta ocupacional —en muchos países, fonoaudiólogo o terapeuta del lenguaje en el caso comunicativo y terapeuta ocupacional en el sensorial— con formación específica en integración sensorial. El matiz de la formación específica importa: la integración sensorial es un cuerpo de conocimiento clínico que requiere especialización adicional sobre la formación general de la profesión, y que la tradición fundada por A. Jean Ayres —cuyo desarrollo completo aparece en §37— ha sistematizado en cursos de posgrado, certificaciones y formaciones avanzadas. Una terapeuta ocupacional sin esa formación específica puede contribuir al trabajo del niño en otros frentes, pero no es habitualmente quien construye el perfil sensorial completo.

Los instrumentos que esta mirada utiliza son cuestionarios y escalas específicas de procesamiento sensorial. El Sensory Profile 2 de Winnie Dunn —el más extendido en clínica pediátrica internacional—, el SPM-2 (Sensory Processing Measure) de Parham, Ecker y colaboradores, el SEQ (Sensory Experiences Questionnaire) de Baranek, Ausderau y colaboradores —diseñado específicamente para población autista—, el SAND (Sensory Assessment for Neurodevelopmental Disorders) de Siper y colaboradores, el Glasgow Sensory Questionnaire de Robertson y Simmons, y el Sensory Perception Quotient de Tavassoli, Hoekstra y Baron-Cohen son los que aparecen con más frecuencia en la literatura. La descripción detallada de cada uno, con sus particularidades técnicas y la atribución autoral correspondiente, se desarrolla en §17, junto con el lugar de las herramientas accesibles para familias —cuyo caso paradigmático es SOMA— dentro del repertorio disponible.

Lo que esta mirada responde con solvencia es el perfil específico de procesamiento por modalidad y por patrón de respuesta. Sabe distinguir hiperreactividad auditiva de hiperreactividad táctil; sabe distinguir hiporreactividad propioceptiva de búsqueda propioceptiva; sabe describir el perfil de un mismo niño en distintos contextos —casa, escuela— para detectar si el patrón es estable o varía con el entorno. Y, sobre todo, conecta ese perfil con decisiones operativas sobre el entorno: qué ajustes en casa pueden bajar la carga cotidiana del niño, qué actividades cotidianas pueden ser ocasiones de regulación, qué estímulos conviene introducir y cuáles modular. Esa conexión entre evaluación y entorno es una de las contribuciones más valiosas de esta mirada para la vida diaria de la familia.

Lo que esta mirada no responde, por construcción, es la pregunta evolutiva amplia —dónde está el desarrollo del niño en cada área respecto al rango esperable— ni la pregunta comunicativa fina —cómo es el repertorio comunicativo del niño en sus dimensiones prelingüística, receptiva, expresiva, pragmática y fonológica—. Tampoco contesta directamente a la pregunta neurológica bilateral del enfoque neurofuncional. Estas preguntas pertenecen a las otras miradas y a la exploración específica.

Una nota conviene anotar antes de pasar a la mirada siguiente, en línea con la decisión metodológica recogida en §12.4 y reformulada en el cierre del Bloque B. El canal interoceptivo —cuya importancia para la regulación emocional desarrolló §12.2— no figuraba en los modelos clásicos de integración sensorial, que organizaban su trabajo en torno a los siete sentidos más conocidos. Su incorporación a los marcos contemporáneos ha sido desigual entre instrumentos: algunos lo recogen tangencialmente en versiones actualizadas, otros no lo incluyen, otros lo incorporan como modalidad nuclear desde su diseño. Esta heterogeneidad técnica —qué instrumentos incluyen y cuáles no la interocepción, cómo lo hacen— es relevante para el lector que vaya a elegir un perfil sensorial concreto, y se desarrolla en §17.4.

Perfil comunicativo: la mirada de logopedia y terapia del lenguaje

El perfil comunicativo es la mirada hacia cómo se comunica el niño, entendida en sentido amplio: no solo cuántas palabras dice, sino qué hace —y qué no hace— con la comunicación en cada uno de sus planos. La pregunta de fondo no se reduce al lenguaje verbal: ¿tiene un sistema funcional para pedir, rechazar, comentar, preguntar?, ¿usa miradas, gestos, signos, pictogramas, dispositivos electrónicos o cualquier otro recurso aumentativo o alternativo?, ¿cómo es la pragmática conversacional?, ¿qué comprende y qué expresa, en qué contextos, con qué intención?. Esta amplitud importa especialmente en niños no hablantes, hablantes mínimos o con habla atípica, donde una mirada estrecha centrada únicamente en producción verbal deja fuera la mayor parte de lo que el niño efectivamente comunica.

Esta mirada la realiza habitualmente el o la logopeda —en algunos países, fonoaudiólogo o terapeuta del lenguaje—. La denominación varía por tradiciones nacionales, pero el rol es el mismo: profesional especializado en el desarrollo de la comunicación humana, en el lenguaje en sus distintos planos —prelingüístico, receptivo, expresivo, pragmático, fonológico, articulatorio— y en los sistemas alternativos y aumentativos de comunicación cuando son necesarios. La formación específica en TEA dentro de esta profesión es un matiz que conviene anotar: el perfil comunicativo autista presenta características que la formación general en logopedia clásica —orientada con frecuencia a trastornos del lenguaje en niños neurotípicos— no siempre captura con la finura que el cuadro requiere. La especialización pediátrica con experiencia en TEA es, por tanto, una variable relevante a la hora de buscar acompañamiento.

Los instrumentos que esta mirada utiliza varían según la edad del niño, el plano comunicativo que se quiera explorar y la tradición clínica del país. La CSBS-DP (Communication and Symbolic Behavior Scales – Developmental Profile) explora la comunicación temprana en niños pequeños, antes de que el lenguaje formal esté consolidado. Los MacArthur-Bates Communicative Development Inventories —cuestionarios completados por cuidadores— mapean el repertorio comunicativo y léxico en edades tempranas. La PLON-R (Prueba de Lenguaje Oral de Navarra-Revisada) y las escalas Reynell evalúan distintos aspectos del lenguaje en edades preescolares y escolares. La CCC-2 (Children's Communication Checklist) explora la pragmática, particularmente útil en niños hablantes con dificultades pragmáticas. El detalle de cada uno, con sus condiciones de aplicación y sus límites, se desarrolla en §18, junto con los mapeos accesibles para familias en niños no hablantes —que no producen puntuaciones sino descripciones cualitativas del repertorio comunicativo real— y con el lugar de los sistemas alternativos y aumentativos de comunicación (SAAC) dentro del repertorio.

Lo que esta mirada responde con solvencia es el perfil comunicativo en sus dimensiones específicas. Sabe distinguir un retraso global del lenguaje de un perfil pragmático atípico con vocabulario preservado; sabe distinguir un niño con buen lenguaje receptivo y déficit expresivo de uno con perfil inverso; sabe identificar dificultades fonológicas específicas que pueden estar enmascarando un lenguaje subyacente más rico; sabe construir, en niños no hablantes, una descripción del repertorio comunicativo real que va mucho más allá del "no habla". Y, como las otras dos miradas, sabe conectar esa evaluación con decisiones operativas: qué objetivos del trabajo logopédico se priorizan, qué sistema aumentativo conviene introducir cuando corresponde, qué adaptaciones del entorno familiar facilitan la comunicación cotidiana.

Lo que esta mirada no responde, por construcción, son las preguntas evolutivas, sensoriales y neurológicas que pertenecen a las otras miradas y a la exploración bilateral. Un perfil comunicativo cuidadosamente descrito puede situar la comunicación del niño en cuatro años funcionales sin entender por qué; el porqué —si es predominio simpático crónico que impide la disponibilidad, si es retención del reflejo de búsqueda que afecta a la oralidad, si es perfil sensorial táctil que dificulta el contacto comunicativo, si es base interoceptiva débil que compromete la lectura emocional necesaria para la pragmática— pertenece a las otras miradas. La articulación entre las tres es, por tanto, no un complemento conveniente, sino una condición de inteligibilidad del cuadro.

Por qué ninguna de las tres por sí sola es suficiente

Las tres miradas no son redundantes ni opcionales: son complementarias por construcción. Cada una contesta a una pregunta que las otras dos no contestan, y cada una deja sin contestar preguntas que las otras dos sí contestan. La razón es que el desarrollo del niño no se distribuye en parcelas estancas que un solo instrumento pueda cubrir; se distribuye en dimensiones acopladas —cuerpo, sentido, comunicación, regulación, cognición, vínculo— cuya lectura completa requiere varios ángulos.

Un ejemplo basta para ver el acoplamiento. Un niño de cinco años con habla limitada a frases de dos palabras puede tener varias configuraciones de fondo muy distintas. Desde el perfil del desarrollo, el dato observable es el mismo: lenguaje expresivo en torno a dos años funcionales. Desde el perfil sensorial, sin embargo, ese mismo niño puede mostrar hiperreactividad auditiva intensa que lo desregula en cuanto el ambiente sube de volumen —y la regulación es condición de la disponibilidad para hablar—; o puede mostrar hiporreactividad propioceptiva oral que dificulta la articulación y limita el repertorio fonológico; o puede mostrar base interoceptiva débil que compromete la lectura de los propios estados emocionales y, con ella, la pragmática. Desde el perfil comunicativo, ese niño puede tener un lenguaje receptivo mucho más rico que su expresión, lo cual cambia radicalmente el plan; o puede tener una pragmática preservada con habla limitada por dificultad motora, lo cual sugiere intervención centrada en producción; o puede tener un repertorio comunicativo no verbal muy activo que el plan debería capitalizar en lugar de ignorar a favor del verbal. El mismo dato observable arriba —dos palabras encadenadas— corresponde a configuraciones de fondo radicalmente distintas, y cada una de esas configuraciones se identifica solo cuando las tres miradas se cruzan.

Conviene formular, además, una distinción operativa importante. Las tres miradas son complementarias, pero no se necesitan en paralelo y sin orden; se necesitan articuladas. La diferencia es sustancial. En el formato paralelo, cada profesional aplica su instrumento, redacta su informe y entrega su perfil a la familia, sin que las tres lecturas conversen entre sí. La familia recibe tres documentos, cada uno con su lenguaje técnico, sus conclusiones y sus recomendaciones, y queda como única responsable de integrar lo que tres formaciones distintas no han integrado por su cuenta. En el formato articulado, las tres lecturas se construyen pensando en su cruce: los hallazgos del perfil sensorial informan al logopeda sobre las condiciones de regulación que necesita la sesión; los hallazgos del perfil del desarrollo informan al terapeuta ocupacional sobre el nivel de exigencia adecuado al niño en cada formato; los hallazgos del perfil comunicativo informan al pediatra del desarrollo sobre el repertorio real del niño cuando se le ofrecen condiciones favorables. El plan que emerge de las tres miradas articuladas es un plan único; el que emerge de tres miradas paralelas es un plan triple que la familia debe coser sin disponer de la formación clínica para hacerlo.

La responsabilidad de la articulación suele recaer, en la práctica, en dos figuras. La primera es la familia, que es la única presente en todas las consultas, la única que dispone del cuadro entero —incluyendo lo que ocurre entre cita y cita— y la única para quien el niño no es paciente sino hijo. Esta responsabilidad familiar se ejerce mejor con dos condiciones: que la familia disponga del marco interpretativo que le permita leer los informes profesionales sin perderse en la jerga técnica de cada disciplina —cosa que el manual, en su función divulgativa, contribuye a ofrecer—, y que disponga del tiempo y la energía mínimos para sostener la coordinación, que no siempre están disponibles. La segunda figura, cuando existe, es la del profesional referente: un profesional —con frecuencia el pediatra del desarrollo, el neuropediatra, el psicólogo infantil o, en algunos contextos, el terapeuta ocupacional o el logopeda con mayor implicación— que asume el papel de integrador clínico del cuadro, conversa con los demás miembros del equipo, sintetiza las lecturas y construye con la familia el plan único. La existencia de este referente cambia sustancialmente la sostenibilidad del proceso. Su ausencia obliga a la familia a hacerlo todo, y ese todo, en muchos casos, es demasiado.

Una última nota cierra la sección. Aunque la lectura natural sugiere que las tres miradas profesionales son la evaluación, conviene anticipar que no la agotan. El enfoque neurofuncional añade, en §19, una cuarta dimensión —la evaluación neurológica no invasiva y bilateral— que examina al niño con preguntas que las tres miradas tradicionales no cubren con la resolución que el plan neurofuncional requiere: postura sistemática lado por lado, tono comparado, coordinación cruzada, sistema oculomotor, sistema vestibular, asimetrías corporales, dominancia, retención de reflejos primitivos. Y, atravesándolo todo, la observación funcional cotidiana descrita en §15, que no es instrumento profesional sino marco de mirada, y que la familia ejerce con una disponibilidad temporal que ningún profesional puede igualar. La evaluación completa del niño, en el plano del Bloque 3, integra, por tanto, cinco dimensiones: las tres miradas profesionales de esta sección, la evaluación neurológica bilateral y la observación funcional familiar. La §20 retomará explícitamente esta composición de cinco dimensiones como base de la hipótesis funcional integrada.

Fuentes

  • Las escalas Bayley de desarrollo infantil de Nancy Bayley como instrumento normativo del perfil del desarrollo: Bayley, N. (1969). Bayley Scales of Infant Development. The Psychological Corporation.
  • Las escalas de desarrollo de Arnold Gesell como instrumento del perfil del desarrollo: Gesell, A. (1940). The First Five Years of Life: A Guide to the Study of the Preschool Child. Harper & Brothers.
  • La escala Brunet-Lézine de desarrollo psicomotor de Odette Brunet e Irène Lézine: Brunet, O., & Lézine, I. (1951). Le développement psychologique de la première enfance: présentation d'une échelle française pour examen des tout petits. Presses Universitaires de France.
  • El test de cribado del desarrollo de Denver (Denver Developmental Screening Test) de William K. Frankenburg: Frankenburg, W. K., & Dodds, J. B. (1967). «The Denver Developmental Screening Test». The Journal of Pediatrics, 71(2), 181-191.
  • Los cuestionarios ASQ (Ages and Stages Questionnaires) de Jane Squires y Diane Bricker: Squires, J., Bricker, D., & Potter, L. (1997). «Revision of a parent-completed development screening tool: Ages and Stages Questionnaires». Journal of Pediatric Psychology, 22(3), 313-328.
  • La tabla de desarrollo Haizea-Llevant como instrumento normativo del perfil del desarrollo: Fernández Álvarez, E., Fernández Matamoros, I., Fuentes Biggi, J., & Rueda Quillet, J. (1991). Tabla de desarrollo Haizea-Llevant. Servicio Central de Publicaciones del Gobierno Vasco.
  • La integración sensorial como cuerpo de conocimiento clínico fundado por A. Jean Ayres: Ayres, A. J. (1972). Sensory Integration and Learning Disorders. Western Psychological Services.
  • El Sensory Profile 2 de Winnie Dunn como instrumento de perfil de procesamiento sensorial: Dunn, W. (2014). Sensory Profile 2: User's Manual. Pearson.
  • El SPM-2 (Sensory Processing Measure) de Parham, Ecker y colaboradores: Parham, L. D., Ecker, C. L., Kuhaneck, H. M., Henry, D. A., & Glennon, T. J. (2021). Sensory Processing Measure, Second Edition (SPM-2). Western Psychological Services.
  • El SEQ (Sensory Experiences Questionnaire) de Baranek, Ausderau y colaboradores, diseñado para población autista: Baranek, G. T., David, F. J., Poe, M. D., Stone, W. L., & Watson, L. R. (2006). «Sensory Experiences Questionnaire: discriminating sensory features in young children with autism, developmental delays, and typical development». Journal of Child Psychology and Psychiatry, 47(6), 591-601.
  • El SAND (Sensory Assessment for Neurodevelopmental Disorders) de Siper y colaboradores: Siper, P. M., Kolevzon, A., Wang, A. T., Buxbaum, J. D., & Tavassoli, T. (2017). «A clinician-administered observation and corresponding caregiver interview capturing DSM-5 sensory reactivity symptoms in children with ASD». Autism Research, 10(6), 1133–1140.
  • El Glasgow Sensory Questionnaire de Robertson y Simmons: Robertson, A. E., & Simmons, D. R. (2013). «The relationship between sensory sensitivity and autistic traits in the general population». Journal of Autism and Developmental Disorders, 43(4), 775-784.
  • El Sensory Perception Quotient de Tavassoli, Hoekstra y Baron-Cohen: Tavassoli, T., Hoekstra, R. A., & Baron-Cohen, S. (2014). «The Sensory Perception Quotient (SPQ): development and validation of a new sensory questionnaire for adults with and without autism». Molecular Autism, 5, 29.
  • La CSBS-DP (Communication and Symbolic Behavior Scales – Developmental Profile) para la comunicación temprana: Wetherby, A. M., & Prizant, B. M. (2002). Communication and Symbolic Behavior Scales Developmental Profile (CSBS DP), First Normed Edition. Paul H. Brookes Publishing.
  • Los MacArthur-Bates Communicative Development Inventories, cuestionarios de cuidadores sobre repertorio léxico temprano: Fenson, L., Dale, P. S., Reznick, J. S., Bates, E., Thal, D. J., & Pethick, S. J. (1994). «Variability in early communicative development». Monographs of the Society for Research in Child Development, 59(5), 1-173.
  • La CCC-2 (Children's Communication Checklist) para la pragmática comunicativa: Bishop, D. V. M. (2003). The Children's Communication Checklist–2 (CCC-2). Harcourt Assessment.