Volver a Neurodesarrollo y abordaje neurofuncional del TEA
Neurodesarrollo y abordaje neurofuncional del TEA

Interocepción y otras dimensiones menos visibles

La interocepción en el TEA: percepción de las señales corporales internas, articulación con la regulación emocional y lectura de la alexitimia como desconexión interoceptiva.

~15 min de lectura

Interocepción y otras dimensiones menos visibles

El Bloque B ha venido presentando el sustrato neurológico observable desde sus dimensiones más visibles: la arquitectura del encéfalo en §7, el sistema nervioso autónomo en §8, los tres sistemas críticos de orientación corporal en §9, la asimetría hemisférica y la línea media en §10, los reflejos primitivos y el patrón de congelación en §11. Hay, todavía, una pieza del sustrato que merece presentación propia, y que cierra el bloque coherentemente porque opera en una dimensión menos visible que las anteriores. Las disfunciones de los tres sistemas críticos se ven —el niño rechaza el columpio, se cae con frecuencia, sostiene mal la mirada—; las reactividades simpáticas se ven —la taquicardia, la sudoración, el berrinche desproporcionado—; los reflejos retenidos se ven indirectamente en los signos cotidianos descritos en §11.5. Pero hay un canal sensorial que opera hacia dentro, no hacia fuera, y cuya alteración no se observa directamente porque sus señales no salen al exterior: la interocepción. La presente sección la presenta, la conecta con la regulación emocional descrita en §8, la sitúa junto a su pariente más conocido —la propiocepción—, y la pone en relación con un rasgo descrito con notable frecuencia en parte del cuadro TEA: la alexitimia.

Qué es la interocepción y por qué se la llama el octavo sentido

La interocepción es la capacidad del sistema nervioso de percibir las señales internas del propio cuerpo. La §4.2 ya la mencionó al describir el primer nivel de la pirámide del desarrollo como un octavo canal sensorial que algunos autores añaden a los siete habituales en los modelos contemporáneos de integración sensorial. Aquí se desarrolla. El catálogo de lo que la interocepción detecta es amplio y heterogéneo: hambre y sed, temperatura corporal, dolor visceral, ganas de ir al baño, ritmo cardíaco, ritmo respiratorio, tensión muscular de fondo, fatiga, náuseas, sensación de plenitud o de vacío, y, especialmente importante, los correlatos físicos de los estados emocionales —el corazón acelerado de la ansiedad, las "mariposas en el estómago" de la expectación, el peso en el pecho de la tristeza, la tensión mandibular del enfado, la calidez en el centro del cuerpo del afecto recibido—. Todas estas señales tienen receptores físicos —en las vísceras, en los vasos sanguíneos, en los músculos, en las membranas— y vías ascendentes que las llevan al sistema nervioso central a través del nervio vago, los nervios espinales y otras rutas, donde son integradas por estructuras subcorticales y, finalmente, representadas en regiones específicas de la corteza, especialmente la ínsula.

La razón por la que se la llama octavo sentido —y no simplemente "una función fisiológica más"— es que cumple los criterios funcionales de un canal sensorial: detecta estímulos, los codifica, los transmite y produce una experiencia perceptiva que el sujeto puede aprender a leer. La diferencia con los otros siete canales es que los estímulos vienen de dentro y no de fuera: el oído oye lo que ocurre en el ambiente, pero la interocepción "oye" lo que ocurre en el propio cuerpo. Y, como cualquier canal sensorial, la interocepción se desarrolla y se calibra a lo largo de la infancia. En el niño con desarrollo típico, el cerebro va aprendiendo, a fuerza de repetición y experiencia, qué significan las señales internas que le llegan: que el estómago vacío se llama hambre, que la garganta seca se llama sed, que el aumento del ritmo cardíaco con cierta tensión muscular y respiración corta se llama miedo o nerviosismo. Los cuidadores cumplen una función fundamental en este aprendizaje, etiquetando —"parece que tienes hambre, vamos a comer"; "te has cansado mucho, vamos a descansar"; "estás nervioso, vamos a respirar despacio"— y enseñando al niño a poner nombre a lo que su cuerpo siente.

La razón por la que la interocepción es una dimensión menos visible que las anteriores del Bloque B se entiende ahora con claridad. Cuando un niño tiene hipersensibilidad auditiva, lo notamos porque rechaza visiblemente los sonidos fuertes. Cuando tiene retención del Moro, lo notamos porque se sobresalta ante estímulos menores. Pero cuando tiene una percepción interoceptiva limitada, lo que falla es algo que ocurre dentro de él y que no produce un comportamiento externo característico: produce ausencia de los comportamientos que cabría esperar —no pide agua aunque lleve horas sin beber, no se quita el abrigo aunque tenga calor, no expresa que está cansado aunque haya pasado del límite—. La señal se pierde dentro, no hace ruido fuera, y por eso las dificultades interoceptivas pasan con frecuencia inadvertidas en la observación cotidiana, hasta que sus consecuencias —desregulación, crisis, conductas disruptivas— las hacen visibles por otra vía. Este carácter silencioso del canal explica por qué la interocepción ha sido históricamente menos atendida que los otros sistemas sensoriales y por qué su incorporación reciente a los marcos de integración sensorial —que mencionará— ha sido una novedad significativa del enfoque.

Interocepción y regulación emocional

La conexión entre interocepción y regulación emocional es directa y conviene formularla con la precisión que el manual mantiene como criterio, porque es la clave de la lectura neurofuncional sobre el papel de la interocepción en TEA. La formulación es la siguiente. Las emociones nacen de sensaciones corporales internas. Cuando alguien se siente nervioso, ese sentirse-nervioso tiene una base física concreta: corazón acelerado, respiración corta, tensión muscular en los hombros y en la mandíbula, sensación de inquietud en el estómago. Cuando alguien se siente contento, también hay correlatos físicos: respiración cómoda, distensión muscular, calidez en el pecho, ligereza. Las emociones, por tanto, no son acontecimientos puramente mentales que ocurran en abstracto: son estados corporales que el sujeto identifica, etiqueta y nombra a partir de las señales interoceptivas que su cuerpo le envía. Saber que se está nervioso es, en última instancia, saber leer las señales corporales del nerviosismo.

De esta lectura se sigue una consecuencia clínica de primer orden. Si la interocepción de un niño funciona por debajo de lo esperable —si las señales internas le llegan débiles, distorsionadas, fragmentadas o desincronizadas—, entonces identificar el propio estado emocional se vuelve costoso o, en los casos más severos, prácticamente imposible. Como formula la literatura sobre la cascada del desarrollo en autismo severo, recogida en F9: si el niño no detecta bien las señales internas, le cuesta luego etiquetar "estoy nervioso" o "estoy contento". La emoción puede estar ocurriendo —el cuerpo está respondiendo, los neurotransmisores se están liberando, los sistemas autonómicos se están activando—, pero el niño no la lee. Lo que llega a la conciencia es una especie de malestar difuso sin nombre, una sobreactivación que el sistema no sabe atribuir a su causa interna y que, en ausencia de etiquetas, tiende a buscar causas externas —o a expresarse por la vía de la conducta— para hacerse manejable.

Esta dificultad tiene consecuencias en cadena que se acoplan a lo descrito en secciones anteriores del bloque. La autorregulación, que requiere reconocer el propio estado para poder modificarlo, se ve comprometida: ¿cómo se calma uno mismo si no reconoce que lo que siente es cansancio, hambre o tensión? El niño con interocepción limitada queda dependiente de regulación externa —de que el adulto identifique lo que él no puede identificar y aplique la respuesta adecuada—, lo cual funciona razonablemente en la primera infancia, donde toda regulación es externa, pero produce dificultades crecientes a medida que la edad y los contextos exigen una autorregulación cada vez más autónoma. El bucle amígdala–simpático–sensorial descrito en §8.3 incorpora aquí una capa adicional: en un niño con interocepción débil, la activación simpática no se identifica como "estoy alterado, conviene calmarme", sino como un estado corporal indefinido que tiende a perpetuarse porque no se reconoce. La fórmula operativa de §8.4 —regular primero, enseñar después— gana, vista desde aquí, una capa más de complejidad: no basta con que el adulto regule al niño; conviene, además, irle enseñando a leer lo que su cuerpo siente, para que pueda llegar a regularse a sí mismo. Esta enseñanza interoceptiva forma parte del trabajo terapéutico que se desarrollará en el Bloque D y que la literatura del territorio describe con creciente sistematización.

Propiocepción: la información del cuerpo en el espacio

Junto a la interocepción, otra dimensión sensorial habitualmente menos atendida pero igualmente relevante para la lectura neurofuncional en TEA es la propiocepción. Conviene distinguirla con precisión, porque comparte con la interocepción el carácter de "canal hacia dentro" pero opera sobre información distinta. Si la interocepción detecta señales viscerales —del interior de los órganos—, la propiocepción detecta señales musculoesqueléticas: la posición de cada parte del cuerpo en el espacio, la fuerza que cada músculo está ejerciendo, el estado de tensión o relajación de articulaciones y tendones, el movimiento o quietud de cada segmento corporal. Los receptores propioceptivos están alojados en músculos, tendones, articulaciones y fascia, y envían información continua al sistema nervioso central sobre cómo está organizado el cuerpo en este preciso momento. Esa información, integrada con la entrada vestibular y visual, construye lo que el manual ya mencionó en §4.2: la conciencia corporal o esquema corporal.

La propiocepción funciona en condiciones típicas como un canal silencioso y altamente eficaz: el cuerpo "sabe" dónde está sin que el sujeto tenga que mirar para comprobarlo. Cuando se levanta una taza, la mano sabe cuánta fuerza ejercer sin pensarlo; cuando se sube una escalera, los pies saben dónde está cada escalón sin necesidad de mirarlos uno por uno; cuando se escribe, la mano sabe en qué posición está la punta del lápiz sin que la mirada tenga que comprobarlo permanentemente. La calidad de esta información condiciona la fluidez motora, la planificación motora —la praxis descrita en §4.2—, el ajuste fino de la fuerza y, en consecuencia, prácticamente todo el rendimiento motor del niño.

En TEA, la literatura del territorio describe alteraciones propioceptivas con notable frecuencia, y aparecen, como en el caso vestibular descrito en §9.1, en dos polos opuestos. En el polo de la hiposensibilidad, el niño parece desconectado de su propio esquema corporal: tiene una conciencia disminuida de dónde están sus brazos, sus piernas o su tronco si no los mira; choca con los muebles al desplazarse por la casa; se cae con facilidad; necesita mirar las manos cuando hace tareas manuales —abrocharse, escribir, manipular objetos— porque sin la información visual no puede confirmar lo que la propiocepción debería estar entregando automáticamente. La planificación motora rinde por debajo del potencial porque planificar un movimiento nuevo requiere saber dónde está el cuerpo desde el que se parte. En el polo de la búsqueda activa de estímulo propioceptivo, el niño busca compulsivamente sensaciones intensas: aprieta objetos, golpea superficies con fuerza, se envuelve apretado en mantas, abraza con presión exagerada, se tira al suelo, busca colchones gruesos donde hundirse, prefiere mochilas pesadas, salta con fuerza. Estas búsquedas, que pueden parecer extrañas o disruptivas vistas desde fuera, suelen tener una función reguladora: la presión profunda y el trabajo propioceptivo intenso activan vías parasimpáticas y producen efectos calmantes —algo que la §21 desarrollará en el contexto del repertorio de regulación—. El niño que se envuelve en una manta apretada no está manifestando una conducta extravagante; está aplicando, por la vía intuitiva del cuerpo, una estrategia de autorregulación que la literatura clínica reconoce y aprovecha sistemáticamente.

La propiocepción es, por todas estas razones, uno de los canales sensoriales más rentables de la intervención neurofuncional: es relativamente accesible —se trabaja con materiales cotidianos, con actividades motrices habituales, con presión profunda aplicada en formatos seguros—, tiene efectos reguladores potentes sobre el sistema autonómico, y mejora directamente la construcción del esquema corporal y la planificación motora. Su trabajo específico se desarrolla en el Bloque D, especialmente en §22 (modulación sensorial), §26 (postura, tono y equilibrio) y §28 (actividad física estructurada).

Alexitimia y desconexión interoceptiva en TEA

La alexitimia —literalmente "sin palabras para la emoción"— es un rasgo psicológico descrito en la literatura clínica desde hace décadas, consistente en la dificultad para identificar, diferenciar y nombrar los propios estados emocionales. La persona con alexitimia siente —sus emociones existen, le ocurren—, pero no puede traducir lo que siente a una etiqueta verbal precisa: ante la pregunta "¿cómo te sientes?", la respuesta suele ser "no sé", "raro", "mal", "extraño", sin que estos términos discriminen entre tristeza, miedo, enfado, frustración o cansancio. La alexitimia se ha descrito en una parte significativa de la población con TEA —con prevalencias estimadas que varían entre el 30% y el 50% según los estudios y los criterios utilizados— y se ha asociado a dificultades adicionales en la regulación emocional, en la cognición social y en la interacción con otros.

La literatura reciente ha reformulado en buena medida la alexitimia en términos interoceptivos. Si las emociones nacen de sensaciones corporales internas y se identifican a partir de ellas, y si la interocepción de muchas personas con TEA funciona por debajo de lo esperable, entonces la alexitimia descrita en el cuadro se entiende, al menos en parte, como una expresión visible de una desconexión interoceptiva de fondo. No es que la persona "no quiera" nombrar sus emociones, ni que carezca de vocabulario emocional disponible; es que las señales corporales internas desde las que la emoción se identifica le llegan débiles, indiferenciadas o ruidosas, y construir la etiqueta verbal sobre esa base se vuelve genuinamente difícil. Esta reformulación es coherente con la lectura general del cuadro como cuadro del neurodesarrollo descrita en §2 y desplaza el foco desde la habilidad cognitiva final —nombrar emociones— hacia su sustrato sensorial —leer las señales corporales que las constituyen—.

Las consecuencias prácticas de la desconexión interoceptiva en niños con TEA son reconocibles para las familias y aparecen descritas con notable consistencia en la literatura del territorio. Niños que no piden agua aunque lleven horas sin beber, que no avisan de que tienen frío aunque la temperatura sea baja, que no reconocen el cansancio hasta el punto en que el sistema desborda en crisis, que no detectan la necesidad fisiológica hasta el último momento, que no expresan dolor ante lesiones que serían dolorosas para otros niños, o, al contrario, que sienten un malestar difuso que no logran atribuir a ninguna causa concreta y que se manifiesta como irritabilidad, retraimiento o agitación sin explicación aparente para el observador. Niños cuyo vocabulario emocional es muy limitado —"contento" y "enfadado" como únicas categorías, sin matices intermedios—, que no logran responder a la pregunta "¿qué te pasa?" cuando algo claramente les pasa, y que ven cómo sus crisis se desencadenan sin que ellos puedan anticiparlas porque la interocepción no les ha avisado de la curva ascendente. Niños cuya autorregulación queda comprometida porque, sin lectura interoceptiva fiable, las estrategias que requieren reconocer el propio estado —"respirar despacio cuando me note tenso", "ir a un sitio tranquilo cuando me note sobrecargado"— pierden su punto de partida.

Conviene anotar una pieza estructural antes de cerrar la sección, en línea con la decisión metodológica del Bloque 3 sobre la incorporación de literatura general. La interocepción no figuraba en los modelos clásicos de integración sensorial de mediados del siglo XX, que organizaban su trabajo en torno a los siete canales más conocidos —vestibular, propioceptivo, táctil, visión, audición, gusto, olfato—. Su incorporación a los marcos contemporáneos se ha producido con fuerza creciente en las últimas décadas, a medida que la investigación en neurociencia ha documentado el papel central de la corteza insular y de las vías vagales en el procesamiento de las señales internas, y a medida que la clínica del TEA ha reconocido el peso de las dificultades interoceptivas en el cuadro. Hoy la literatura especializada y varios instrumentos de evaluación del perfil sensorial incluyen la interocepción como modalidad propia. Algunos lo hacen de manera tangencial o en versiones actualizadas; otros la incorporan como modalidad nuclear desde su diseño. Esta cuestión —qué instrumentos incluyen y cuáles no la interocepción, y cómo se evalúa en la práctica— se desarrolla en §17 del Bloque C, dedicado al perfil sensorial; y la modulación interoceptiva como objetivo de intervención aparece en §22 del Bloque D, en el contexto del trabajo de modulación sensorial.

La lectura conjunta del Bloque B se vertebra coherentemente desde la interocepción. Lo que el cuerpo siente —y lo que el sistema nervioso sabe sobre sí mismo— es el suelo sobre el que se construye la regulación, y la regulación es la condición de posibilidad de todo lo demás. Por eso esta sección cierra el bloque: una vez fijado lo que se mira en el niño —arquitectura, autónomo, sistemas críticos, hemisferios, reflejos, sentidos internos—, el Bloque C podrá empezar a fijar cómo se le mira.

Cierre del Bloque B — Apertura al Bloque C

Con la §12 se cierra el recorrido por el sustrato neurológico observable del niño. Las seis secciones del Bloque B han presentado, en grano funcional y sin agotar la neuroanatomía, las piezas que la práctica neurofuncional identifica como habitualmente comprometidas en TEA: la arquitectura del encéfalo y sus jerarquías evolutivas; el sistema nervioso autónomo con su predominio simpático crónico, su bucle amígdala–simpático–sensorial y su fórmula operativa "regular primero, enseñar después"; los tres sistemas críticos —vestibular, postural, optomotor— como triángulo acoplado de orientación corporal en el espacio; la asimetría hemisférica y su expresión en la lateralidad y en la línea media; los reflejos primitivos como andamios que deberían retirarse; y, finalmente, la interocepción y la propiocepción como dimensiones menos visibles cuyo papel en la regulación emocional y en la autorregulación cierra el mapa.

El Bloque B ha respondido a la pregunta qué se mira cuando se mira al niño desde el plano del Bloque 3. El Bloque C — Evaluación funcional: cómo se mira al niño responde a la pregunta complementaria: cómo se mira. Sus ocho secciones (§13 a §20) describirán por qué evaluar antes de intervenir, las tres miradas profesionales complementarias —perfil del desarrollo, perfil sensorial, perfil comunicativo—, el papel central de la observación funcional, los instrumentos profesionales y las herramientas accesibles para familias, y la lectura final que conecta evaluación con hipótesis de trabajo. Es el puente entre el marco general y el plan personalizado, y precede a cualquier intervención del Bloque D.

Fuentes

  • La prevalencia estimada de alexitimia en la población con TEA entre el 30% y el 50% según los estudios: Kinnaird, E., Stewart, C., & Tchanturia, K. (2019). «Investigating alexithymia in autism: A systematic review and meta-analysis». European Psychiatry, 55, 80-89.