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Neurodesarrollo y abordaje neurofuncional del TEA

Reflejos primitivos: andamios que deberían retirarse

Los reflejos primitivos en el TEA: ventanas evolutivas, ocho reflejos clave, consecuencias funcionales de la retención y signos observables por la familia.

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Reflejos primitivos: andamios que deberían retirarse

La §10 cerró con la observación de que muchos niños con TEA muestran dificultad para cruzar la línea media corporal y para coordinar los dos lados del cuerpo en patrones bilaterales fluidos. Esa observación introduce, casi inevitablemente, otra pieza del sustrato neurológico observable que la práctica neurofuncional considera central: los reflejos primitivos. Algunas dificultades de cruce de línea media —y, más en general, una parte significativa de los hallazgos descritos a lo largo del Bloque B— se explican, según la literatura del territorio, por la persistencia de patrones motores automáticos que tendrían que haberse integrado en los primeros meses o años de vida y que, cuando permanecen activos en un niño mayor, interfieren con la construcción de movimientos voluntarios, posturas estables y coordinaciones bilaterales maduras. El título de esta sección utiliza una metáfora que conviene presentar de entrada porque organiza la lectura entera: los reflejos primitivos son andamios —estructuras útiles, indispensables, mientras se está construyendo el edificio— que deberían retirarse una vez que el edificio puede sostenerse solo. Cuando los andamios permanecen, el edificio existe pero no puede usarse libremente: los andamios están ahí, en medio.

Conviene precisar el alcance de esta sección dentro del manual. En el Bloque B se presenta el concepto y se describen los reflejos centrales con su lectura funcional, de manera que el lector llegue al Bloque C —donde se aprenderá a mirar al niño— y al Bloque D —donde se desarrollarán las intervenciones— con el mapa fijado. La descripción detallada de cada reflejo, su prueba específica, su patrón motor exacto y los ejercicios concretos para su integración se reserva para §24, dedicada a la integración de reflejos primitivos como intervención, y para §38, donde se presentan las escuelas que han sistematizado este trabajo —INPP de Sally Goddard Blythe, MNRI de Svetlana Masgutova, Terapia de Movimientos Rítmicos y otras—. Aquí se ofrece la lectura funcional con la mesura proporcional al objeto, sin agotar la enumeración reflejo por reflejo.

Qué son los reflejos primitivos y por qué importan

Los reflejos primitivos son patrones motores automáticos, involuntarios y estereotipados que el sistema nervioso del feto y del recién nacido genera en respuesta a estímulos específicos: un sonido fuerte, un cambio de posición de la cabeza, un contacto en la palma de la mano o en la mejilla, una estimulación a lo largo de la columna. Cada reflejo tiene un estímulo desencadenante, un patrón motor característico y una función evolutiva que cumple en una etapa concreta del desarrollo temprano. El reflejo de búsqueda, por ejemplo, hace que el bebé gire la cabeza hacia el lado donde algo le ha tocado la mejilla y abra la boca para succionar, lo cual le permite encontrar el pezón y alimentarse; el reflejo de prensión palmar cierra automáticamente los dedos del bebé sobre cualquier objeto que toque la palma, lo cual contribuye al primer vínculo físico con el cuidador; el reflejo de Moro dispara una reacción de extensión y posterior recogida de las extremidades ante un sobresalto, lo cual prepara una respuesta defensiva primaria; el reflejo espinal de Galant produce una curvatura lateral del tronco al estimular un lado de la columna, lo cual se ha relacionado con la facilitación del paso por el canal del parto y con el ritmo posterior del gateo.

Lo característico de estos reflejos es que se procesan en niveles subcorticales del sistema nervioso —el tronco encefálico, descrito en §7.2, y la médula espinal— sin intervención de la corteza. Esa es, de hecho, la razón biológica por la que existen tal como existen: el feto y el recién nacido no tienen aún una corteza madura capaz de organizar respuestas voluntarias, y los circuitos automáticos del tronco se encargan de las funciones críticas —alimentarse, agarrarse, reaccionar a una caída, preparar el cuerpo para el parto— hasta que la corteza esté en condiciones de tomar el relevo. La metáfora del andamio se entiende mejor desde aquí: el sistema nervioso del bebé construye el edificio de su comportamiento voluntario, pero mientras lo hace, los andamios automáticos del tronco mantienen las funciones esenciales operativas. Estos andamios son tan necesarios como temporales.

La inhibición de los reflejos primitivos —su "retirada", siguiendo la metáfora— es lo que ocurre a medida que la corteza madura y establece conexiones descendentes con las estructuras subcorticales que generan los reflejos. La corteza, con el cerebelo y los ganglios basales colaborando, inhibe los disparos automáticos del tronco y los reemplaza por respuestas voluntarias o por reflejos posturales más maduros —respuestas automáticas refinadas, controladas por circuitos más altos, que sostienen el equilibrio, la postura erguida, la marcha y otros patrones de la vida cotidiana—. Cuando esa toma de relevo se produce en sus ventanas esperables, los reflejos primitivos desaparecen como respuesta observable y el niño construye su movimiento voluntario sobre una base limpia. Cuando no se produce —cuando un reflejo permanece retenido—, los disparos automáticos siguen activándose ante sus estímulos específicos en un niño que ya debería tener control voluntario, y el resultado es la interferencia que las subsecciones siguientes describirán.

Función evolutiva, ventana de aparición y ventana de integración

Cada reflejo primitivo aparece y se integra dentro de ventanas temporales relativamente definidas que la literatura del desarrollo ha sistematizado. Aunque hay variabilidad individual, los rangos esperables son lo bastante consistentes como para que la persistencia más allá de un cierto plazo se considere clínicamente significativa. El reflejo de Moro suele estar presente desde el nacimiento o las últimas semanas de gestación y debería integrarse hacia los 2 a 4 meses de vida. El reflejo de búsqueda está activo desde el nacimiento y se integra hacia los 3 a 4 meses. El reflejo de prensión palmar se inhibe en torno a los 3 a 6 meses, dando paso a la prensión voluntaria que el niño desarrolla con la maduración de su motricidad fina. El reflejo de Galant se integra hacia los 9 a 12 meses. El reflejo tónico asimétrico del cuello (ATNR) aparece en el útero, es plenamente visible al nacer y debería integrarse hacia los 4 a 6 meses. El reflejo tónico simétrico del cuello (STNR) aparece tarde, hacia los 6 a 8 meses, cuando el bebé pasa de tumbado a gatear, y debería integrarse antes de los 12 meses. El reflejo tónico laberíntico (TLR) aparece en el útero y se integra de forma más lenta, completándose hacia los 3 a 3,5 años de edad. El reflejo plantar (Babinski) suele inhibirse hacia los 12 meses.

Estas ventanas no son arbitrarias. Cada reflejo cumple una función evolutiva específica durante el tiempo que permanece activo, y su integración coincide aproximadamente con el momento en el que esa función ya no es necesaria —porque las funciones más maduras que va a sostener su circuito están listas para hacerse cargo—. El reflejo de búsqueda cumple su función mientras el bebé depende absolutamente de la alimentación instintiva y se integra cuando el control voluntario de la boca y el cuello permiten ya una alimentación más activa. El ATNR contribuye al desarrollo de la coordinación ojo-mano temprana —dirigiendo la mirada hacia la mano extendida del lado al que el bebé gira la cabeza— y se integra cuando esa coordinación pasa a depender del control voluntario y de la cooperación interhemisférica. El STNR prepara la transición de tumbado a gatear, separando funcionalmente la mitad superior y la mitad inferior del cuerpo, y se integra una vez que el gateo en cuatro apoyos está consolidado. El TLR, asociado a la posición de la cabeza respecto a la gravedad, se integra a medida que el niño construye su control postural maduro contra la gravedad. Cada uno cumple su papel y cede; el sistema nervioso típico está diseñado para esa cesión.

Cuando uno o varios reflejos primitivos no se integran en su ventana esperable y permanecen activos —disparándose ante sus estímulos específicos— en un niño mayor, la literatura neurofuncional habla de reflejos retenidos o no integrados. La retención no es un fenómeno todo-o-nada: hay reflejos plenamente activos en su patrón completo, reflejos parcialmente integrados que se disparan solo en algunas condiciones, reflejos integrados en un lado del cuerpo y activos en el otro. La presencia de reflejos retenidos suele interpretarse, en la lectura neurofuncional, como un signo de inmadurez en la cadena tronco-cerebelo-corteza: el relevo descendente que la corteza tendría que haber ejercido sobre el tronco no se ha completado, los andamios siguen ahí. En niños con TEA, la práctica clínica documentada describe una alta frecuencia de retención de varios reflejos primitivos, en línea con la lectura general del cuadro como un cuadro del neurodesarrollo en el que la maduración cortical y su integración con niveles inferiores no se ha producido con los ritmos típicos.

Los reflejos centrales en TEA: un mapa con mesura

La práctica neurofuncional evalúa de manera sistemática un grupo de ocho reflejos centrales que aparecen con frecuencia retenidos en niños con TEA y cuya persistencia tiene consecuencias funcionales bien descritas. El detalle de cada uno —pruebas específicas, registro de respuestas, ejercicios de integración— pertenece a §24 y a §38. Aquí basta con presentarlos brevemente y nombrar el dominio funcional que comprometen cuando permanecen activos, de manera que el lector pueda reconocer la categoría sin agotar el repertorio.

El reflejo de Moro, la reacción de sobresalto del bebé ante un ruido fuerte o una sensación de caída, retenido se manifiesta en un niño que vive en hipervigilancia sostenida: se asusta con facilidad, reacciona desproporcionadamente a estímulos sensoriales menores, presenta cambios de humor bruscos, escaso control de impulsos y pobre tolerancia a la frustración. Es, en términos de §8, un reflejo cuya retención alimenta directamente la activación simpática crónica y la vulnerabilidad amigdalina del bucle descrito en §8.3.

El reflejo espinal de Galant, la curvatura lateral del tronco al estimular la columna, retenido produce un niño que no soporta el contacto en la zona lumbar —no tolera bien las etiquetas de la ropa, la cinturilla del pantalón, los cinturones de seguridad—, se mueve continuamente en la silla cuando algo le roza la espalda, tiene dificultades con el control de esfínteres más allá de la edad esperable, y suele presentar inquietud postural mantenida.

El reflejo de prensión palmar, el cierre automático de la mano ante un contacto en la palma, retenido se traduce en un agarre primitivo del lápiz —la mano se cierra excesivamente sobre el instrumento, la motricidad fina rinde por debajo de su potencial—, dificultades con la grafomotricidad, fatiga rápida de la mano al escribir y, con frecuencia, movimientos involuntarios de la lengua o de la mandíbula cuando el niño se concentra en una tarea manual.

El reflejo plantar o de Babinski, la apertura en abanico de los dedos del pie al rozar la planta, retenido contribuye a la marcha de puntillas que aparece con notable frecuencia en niños con TEA, al equilibrio pobre, y a las dificultades para soportar bien el contacto del calzado o la presión de la superficie sobre el pie.

El reflejo tónico asimétrico del cuello (ATNR), que extiende el brazo y la pierna del lado al que la cabeza gira mientras flexiona los del lado contrario, retenido es probablemente el reflejo con consecuencias más visibles para la línea media corporal descrita en §10: el niño tiene dificultades para cruzar la línea media porque su cuerpo no coopera —cada vez que gira la cabeza para mirar algo, su brazo del mismo lado tiende involuntariamente a extenderse y el del lado opuesto a flexionarse—, la coordinación bimanual queda comprometida, el seguimiento visual horizontal —indispensable para la lectura— se vuelve costoso, y la grafomotricidad rinde por debajo del potencial.

El reflejo tónico simétrico del cuello (STNR), que flexiona los brazos y extiende las piernas al flexionar la cabeza hacia adelante y viceversa, retenido se traduce en la postura encorvada en el pupitre, en el característico sentarse en "W" —indicador frecuente—, en la dificultad para copiar de la pizarra al cuaderno —los cambios visuales cercano-lejano implican movimientos de cabeza que activan el reflejo y desorganizan brazos y piernas—, en la fatiga rápida al permanecer erguido y en la débil estabilidad del core descrita en §9.2.

El reflejo tónico laberíntico (TLR), en el que la posición de la cabeza respecto a la gravedad determina el tono global del cuerpo, retenido produce caminar de puntillas, tono muscular bajo especialmente en el tronco, mareo fácil con ciertos movimientos, equilibrio pobre —sobre todo con ojos cerrados— y mala conciencia espacial, con dificultad para juzgar la posición del propio cuerpo en relación al entorno.

El reflejo de búsqueda, el giro de la cabeza hacia el estímulo en la mejilla con apertura de la boca, retenido se traduce en hipersensibilidad oral —rechazo de texturas, selectividad alimentaria—, fijación oral —el niño se muerde las uñas, la ropa, los objetos—, masticación deficiente, dificultades con la articulación del habla, hipersensibilidad táctil en la cara y, con frecuencia, dominancia manual mal definida.

Esta lista no agota el repertorio de reflejos descritos en la literatura del desarrollo —existen muchos otros: paracaídas, Landau, Babkin, espinal del pie y otros—, pero recoge los ocho que la práctica clínica neurofuncional aplicada al TEA evalúa con prioridad y que aparecen con mayor frecuencia retenidos en los niños del cuadro. Su evaluación profesional, sus pruebas específicas y los ejercicios para su integración se desarrollan en los lugares ya citados.

Qué bloquean si no se integran a tiempo

Lo que la retención de uno o varios reflejos primitivos bloquea en un niño en desarrollo puede formularse en tres consecuencias funcionales encadenadas, que aparecen con coherencia en las distintas descripciones del territorio.

La primera consecuencia es la interferencia con la construcción del movimiento voluntario. Los reflejos retenidos compiten, en cada situación cotidiana, con los patrones voluntarios que el niño intenta ejecutar. Cuando un niño con ATNR retenido intenta escribir, su cuerpo intenta también disparar el patrón del reflejo cada vez que gira la cabeza; el resultado es que el control voluntario tiene que ganarle terreno al automatismo en cada gesto. El niño puede conseguirlo, pero a costa de un esfuerzo desproporcionado y de una atención permanente que debería estar disponible para la tarea en sí. La construcción del movimiento voluntario no parte de cero: parte de una posición de desventaja contra el andamio que no se retiró.

La segunda consecuencia es la fragilidad de las construcciones de nivel superior. Como se vio en §4.3, lo que no se consolida en los niveles inferiores de la pirámide obliga a compensar arriba. La retención de reflejos primitivos pertenece al nivel 2 de la pirámide —desarrollo sensoriomotor— y se sitúa, por tanto, en una de las bases sobre las que se asienta todo el resto. Cuando los reflejos no se integran, el cuerpo no es una herramienta fiable; cuando el cuerpo no es una herramienta fiable, el nivel 3 —habilidades perceptivo-motoras— rinde por debajo de su potencial; cuando el nivel 3 rinde por debajo, el nivel 4 —intelecto, aprendizaje, conducta autorregulada— hereda esa fragilidad. La lectura encadenada explica por qué la literatura neurofuncional dedica una parte tan sustancial de su trabajo a este territorio: corregir más arriba sin haber consolidado abajo produce construcciones inestables que ceden a la mínima exigencia.

La tercera consecuencia es el agotamiento de los recursos atencionales y energéticos del niño. Vivir con varios reflejos retenidos significa que cada actividad cotidiana —sentarse en clase, escribir, leer, vestirse, comer, jugar con otros— consume más recursos de los que esa misma actividad consumiría en un niño con reflejos integrados. Los disparos automáticos del Galant retenido mantienen al niño moviéndose en la silla; los del Moro mantienen su sistema en hipervigilancia; los del TLR le obligan a calibrar permanentemente su postura contra la gravedad; los del ATNR le complican cada movimiento bimanual. El niño termina las jornadas escolares exhausto, no por falta de capacidad sino por gasto fisiológico, y ese cansancio aparente —que con frecuencia se interpreta como falta de motivación, de interés o de voluntad— tiene un sustrato físico legítimo que la lectura sintomática habitual pasa por alto.

Signos indirectos que las familias pueden observar

La evaluación formal de los reflejos primitivos —pruebas específicas, registro graduado de la respuesta, comparación bilateral— requiere cierto entrenamiento clínico y suele ser realizada por profesionales con formación específica en este territorio. Familias y educadores, sin embargo, pueden reconocer signos indirectos en la vida cotidiana del niño que orientan la sospecha y motivan, cuando proceda, la derivación a evaluación profesional. La lista que sigue no es diagnóstica: es una guía de observación que conecta los rasgos cotidianos con los reflejos cuya retención los suele acompañar, según la literatura del territorio.

El caminar de puntillas sostenido más allá de los primeros pasos orienta hacia retención del TLR o del reflejo plantar. El sentarse en "W" —con las piernas en W, las rodillas tocando el suelo y los pies saliendo lateralmente— orienta hacia retención del STNR y a déficit asociado de control de cadera. La postura encorvada en el pupitre, con la cabeza pegada al cuaderno, orienta también al STNR. La inquietud continua al sentarse, el rechazo a las etiquetas de la ropa o a la cinturilla del pantalón, la enuresis nocturna después de los 5 años, orientan hacia retención del Galant. El agarre primitivo del lápiz —puño cerrado en lugar de pinza trípode— y la fatiga rápida de la mano al escribir orientan hacia retención del reflejo palmar. La dificultad para cruzar la línea media —descrita en §10.5— y los problemas de coordinación bimanual orientan hacia ATNR. La hipersensibilidad a sustos, la alerta crónica, la dificultad para conciliar el sueño y la reactividad emocional desproporcionada orientan hacia Moro. La hipersensibilidad oral, el morderse las uñas o la ropa, las dificultades de masticación y la masticación con la boca abierta orientan hacia reflejo de búsqueda.

Conviene formular este apartado con la honestidad que el blindaje exige. Ninguno de estos signos, considerado aisladamente, es diagnóstico de retención de un reflejo concreto ni, mucho menos, de TEA. Cada uno puede aparecer en niños neurotípicos con desarrollo dentro de rangos esperables, y muchos adultos viven con reflejos parcialmente retenidos sin que esto produzca dificultad significativa en su vida cotidiana. Lo que la literatura neurofuncional sostiene es que, en combinación, varios de estos signos en un mismo niño orientan hacia un perfil de inmadurez del nivel sensoriomotor que conviene evaluar profesionalmente. La función de la observación familiar es abrir la pregunta, no cerrarla; la respuesta cualificada la da la exploración bilateral cuidadosa que el Bloque C describirá.

Una nota sobre el "reflejo del miedo paralizador"

Conviene cerrar la sección con una mención específica a un patrón reflejo descrito en la literatura del territorio con carácter especial: el reflejo del miedo paralizador (también llamado en algunos textos fear paralysis reflex). Su tratamiento merece una nota propia por dos razones: porque su lectura es algo distinta de la de los demás reflejos primitivos, y porque su retención tiene consecuencias particulares para la regulación autonómica descrita en §8.

A diferencia de los reflejos primitivos clásicos, que producen un patrón motor visible y bien caracterizado, el reflejo del miedo paralizador es un patrón de respuesta autonómico —una reacción de retirada o congelación ante estímulos percibidos como amenazantes— más que un patrón motor en sentido estricto. Aparece en el desarrollo prenatal, durante las primeras semanas de gestación, y debería integrarse antes del nacimiento o en los primeros meses de vida, fundiéndose con el reflejo de Moro y dando paso a respuestas defensivas más maduras. Sally Goddard Blythe y Svetlana Masgutova —ya mencionadas en §5.1 como referentes de dos de las principales escuelas de integración refleja, con desarrollo previsto en §38— han descrito y trabajado este reflejo con detalle en sus respectivas tradiciones, y forma parte sistemática de sus protocolos de evaluación.

La lectura autonómica del reflejo del miedo paralizador conecta directamente con el modelo polivagal de Stephen Porges ya tratado en §8.1 y en el Manual del Bloque 1, donde se desarrolla su lectura biológica. En la formulación de Porges, retomada por estas escuelas, el reflejo del miedo paralizador se asocia con la activación de la rama dorsal del nervio vago, la vía parasimpática filogenéticamente más antigua que produce respuestas de inmovilización o colapso ante amenazas extremas —el "hacerse el muerto" del repertorio defensivo evolutivo, traducido en el niño en estados de desconexión, palidez, respiración superficial, descenso del tono muscular y desconexión del entorno—. Si este reflejo permanece retenido más allá de las ventanas esperables, el sistema queda con una vulnerabilidad de fondo a la respuesta de congelación: ante estímulos que para otros niños serían tolerables, el sistema del niño con reflejo retenido puede entrar en estados de bloqueo, parálisis emocional o desconexión que se interpretan, con frecuencia, como "el niño que se queda colgado", "el niño que se ausenta" o "el niño que se apaga".

Sus signos de presencia incluyen: hipersensibilidad sensorial generalizada que no se modula con la exposición, muy baja tolerancia al estrés con tendencia al bloqueo, respuestas de inmovilidad ante situaciones nuevas o desafiantes, evitación intensa de situaciones novedosas, recuperación lenta tras un episodio de sobreactivación —el niño que tarda mucho en "volver" a sí mismo después de una crisis—. Su retención se interpreta, además, como un factor que dificulta la integración de otros reflejos, incluido el de Moro: si el patrón autonómico de fondo está estancado en congelación, el resto del andamiaje también encuentra obstáculos para retirarse. Por eso varias escuelas de integración refleja sitúan el trabajo sobre el reflejo del miedo paralizador en un lugar previo o paralelo al trabajo con los reflejos primitivos clásicos.

La mención de este reflejo cierra coherentemente el Bloque B en su recorrido por el sustrato neurológico observable. Lo que el manual ha venido describiendo —la jerarquía del encéfalo, el predominio simpático en TEA, el bucle amígdala–simpático–sensorial, los tres sistemas críticos, la asimetría hemisférica, la persistencia de reflejos primitivos, la vulnerabilidad de fondo del patrón de congelación— compone, leído en conjunto, un mismo sustrato funcional que la siguiente y última sección del bloque cerrará con su pieza menos visible: la interocepción y otras dimensiones del procesamiento sensorial que no aparecen en el catálogo clásico de los cinco sentidos pero que la literatura contemporánea ha situado en el centro de la regulación del niño.

Fuentes

  • La escuela INPP de integración de reflejos primitivos, fundada y sistematizada por Sally Goddard Blythe: Goddard Blythe, S. (2005). Reflexes, Learning and Behaviour: A Window into the Child's Mind. Fern Ridge Press.
  • El método MNRI de integración refleja desarrollado por Svetlana Masgutova: Masgutova, S., & Masgutov, D. (2015). Parents' Guide to MNRI®: Masgutova Neurosensorimotor Reflex Integration (2.ª ed.). Svetlana Masgutova Educational Institute.
  • La teoría polivagal de Stephen Porges, que asocia la respuesta de congelación con la activación de la rama dorsal del nervio vago: Porges, S. W. (1995). «Orienting in a defensive world: Mammalian modifications of our evolutionary heritage. A Polyvagal Theory». Psychophysiology, 32(4), 301-318.