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Neurodesarrollo y abordaje neurofuncional del TEA

Quiropráctica pediátrica y neurodesarrollo

De Daniel David Palmer a la ICPA y a la quiropráctica basada en

~21 min de lectura

Quiropráctica pediátrica y neurodesarrollo

La sección anterior presentó la Neurología Funcional como tradición clínica con raíces principalmente en el ámbito quiropráctico norteamericano. La presente sección aborda un territorio cercano pero diferenciado: la quiropráctica pediátrica propiamente dicha, entendida como la aplicación de la quiropráctica al niño con técnicas, valoraciones y formaciones específicas adaptadas a las particularidades del organismo en desarrollo. La distinción importa porque, aunque el solapamiento profesional entre Neurología Funcional y quiropráctica es considerable —muchos profesionales formados en Neurología Funcional son quiroprácticos de base, y muchas formaciones avanzadas de quiropráctica pediátrica integran principios de Neurología Funcional—, las dos prácticas no son equivalentes: la primera es un marco interpretativo y un método clínico, la segunda es una práctica profesional con su propia historia, su propio cuerpo de técnicas específicas y su propio campo de evidencia controlada.

El tratamiento que esta sección ofrece sostiene la honestidad sistemática que el territorio pide, particularmente acusada aquí por dos razones: la heterogeneidad interna del campo es notable —desde formulaciones específicamente pediátricas con formación rigurosa hasta extensiones poco fundamentadas de técnicas adultas a niños— y los riesgos específicos descritos en la literatura para algunas aplicaciones en niños pequeños merecen mención explícita. La sección presenta el campo por lo que es, distingue los niveles de evidencia disponibles para sus distintas aplicaciones, y formula con claridad las condiciones operativas que la práctica responsable exige.

Origen del campo y delimitación profesional

La quiropráctica como profesión sanitaria fue fundada en 1895 en Davenport, Iowa, por Daniel David Palmer, comerciante autodidacta interesado en las terapias manuales de su tiempo. Palmer formuló la idea —influida por la tradición osteopática iniciada años antes por Andrew Taylor Still y por la cultura médica heterodoxa del Medio Oeste americano de finales del siglo XIX— de que las alteraciones en la alineación de las vértebras podían interferir con el funcionamiento del sistema nervioso y, a través de él, con la salud general del organismo. En 1897 Palmer fundó la Palmer School of Chiropractic (hoy Palmer College of Chiropractic), primera institución formativa del campo. Su hijo, Bartlett Joshua Palmer (B. J. Palmer), desarrolló y expandió la profesión durante las primeras décadas del siglo XX hasta convertirla, primero en Estados Unidos y posteriormente en otros países, en una práctica sanitaria reconocida con titulación universitaria propia (Doctor of Chiropractic, DC).

El estatus profesional de la quiropráctica varía considerablemente entre países y conviene fijarlo con precisión para el lector. En Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y varios países europeos (Dinamarca, Suiza, Francia, Italia, Bélgica, entre otros) la quiropráctica es una profesión sanitaria regulada con formación universitaria de cinco a seis años, registro profesional obligatorio y consejos profesionales que ejercen supervisión deontológica. En España, Portugal y otros países la quiropráctica no está reconocida como profesión sanitaria regulada y los profesionales formados en el extranjero ejercen en un marco legal heterogéneo, lo que añade una capa de complejidad para las familias que buscan acceder a estos servicios. Esta variación legal e institucional importa: una práctica con formación universitaria reconocida y registro profesional supervisado no es la misma cosa que una práctica ejercida sin esos marcos, y la calidad de las garantías para el paciente —especialmente cuando se trata de un niño— depende en parte de este estatus.

La quiropráctica pediátrica como subespecialidad con formación específica se desarrolló principalmente a partir de los años setenta y ochenta, con algunos pioneros que conviene mencionar. Larry Webster —quiropráctico estadounidense (1937–1997)— es reconocido como uno de los fundadores del campo: desarrolló a finales de los años setenta una técnica específica orientada inicialmente al ámbito perinatal —la conocida técnica Webster o Webster Technique, originalmente formulada para favorecer la simetría pélvica en mujeres embarazadas— y fundó en 1986 la International Chiropractic Pediatric Association (ICPA), organización que ha sostenido durante las décadas siguientes la formación específica y la investigación en el campo. Joyce Miller —quiropráctica e investigadora con larga trayectoria académica en el Anglo-European College of Chiropractic (hoy AECC University College) en el Reino Unido— ha contribuido con su grupo a desarrollar investigación específica sobre cólicos del lactante, problemas de alimentación en lactantes y desarrollo psicomotor temprano. Cheryl Hawk —investigadora estadounidense en práctica basada en evidencia dentro del campo— ha trabajado en la sistematización de la literatura disponible y en el establecimiento de guías de práctica clínica. Otros autores y grupos han contribuido a desarrollar la quiropráctica pediátrica como subespecialidad con su propio cuerpo de literatura, formación certificada y debates internos.

La formación específica pediátrica dentro del campo se articula hoy a través de programas de posgrado que se suman a la titulación de base. Las certificaciones más reconocidas internacionalmente son el CACCPCertified by the Academy Council of Chiropractic Pediatrics— y el DICCPDiplomate of the International Chiropractic Pediatrics Board—, que requieren cientos de horas adicionales de formación específica, casuística supervisada y examen práctico. Esta diferenciación formativa es nuclear para la lectura responsable del campo: un quiropráctico generalista sin formación pediátrica específica que aplique a niños técnicas diseñadas para adultos no es lo mismo que un quiropráctico con formación específica pediátrica que aplica técnicas adaptadas a la edad del niño con criterios diferenciados. La diferencia, como se desarrollará en la subsección sobre riesgos, no es menor.

Marco teórico clásico y revisión contemporánea

El marco teórico clásico de la quiropráctica articula su explicación en torno al concepto de subluxación vertebral, expresión introducida por Palmer y mantenida con distintos énfasis a lo largo de la historia del campo. En su formulación clásica, la subluxación vertebral describe una alteración de la alineación o del movimiento de una vértebra respecto a sus vecinas, alteración que se postula capaz de interferir con la función del sistema nervioso —principalmente a través de las raíces nerviosas que emergen de la columna y, en algunas formulaciones, a través de la cadena simpática paravertebral y del sistema nervioso autónomo en su conjunto—. El ajuste quiroprácticochiropractic adjustment o spinal manipulation— sería, en esta lectura, la intervención específica que restaura la alineación o el movimiento vertebral y, a través de ello, modula la función neural correspondiente.

Conviene retener con precisión que el concepto clásico de subluxación vertebral, en su formulación más amplia —la que postula efectos sistémicos del ajuste vertebral sobre cualquier dolencia del organismo—, ha sido objeto de crítica académica significativa desde la comunidad científica más amplia y, también, desde dentro del propio campo quiropráctico. La crítica externa sostiene que la formulación carece de respaldo neurofisiológico robusto cuando se extiende más allá de los efectos locales sobre el dolor musculoesquelético y la movilidad. La crítica interna —que se ha consolidado en las últimas décadas dentro de lo que se conoce como quiropráctica basada en evidencia o evidence-based chiropractic— ha llevado a una parte significativa de la profesión a revisar el concepto clásico de subluxación, conservar lo que la literatura controlada respalda —principalmente los efectos del trabajo manual sobre disfunciones musculoesqueléticas— y abandonar las formulaciones más amplias sobre efectos sistémicos generalizados. Esta revisión interna ha producido una escisión en el campo entre las corrientes más tradicionales —que mantienen el marco clásico con algunas reformulaciones— y las corrientes basadas en evidencia —que han acercado la práctica quiropráctica a la fisioterapia manual y a la medicina manual osteopática en sus formulaciones contemporáneas—.

Aplicado al niño, este marco teórico se ha articulado en formulaciones específicas que conviene presentar con la misma precisión. La lectura clásica de la quiropráctica pediátrica sostiene que microtraumatismos durante el parto —presiones sobre el cráneo y la columna cervical durante el descenso, instrumentación obstétrica, posicionamientos forzados— pueden producir alteraciones biomecánicas en las primeras vértebras cervicales del recién nacido, alteraciones que postula capaces de afectar al sistema nervioso autónomo y, a través de él, a funciones como la alimentación, el sueño, el patrón intestinal y el bienestar general del lactante. En perfiles pediátricos posteriores, la lectura se extiende a posturas asimétricas crónicas, alteraciones del desarrollo motor, bloqueos articulares que pueden interferir con la maduración neurológica progresiva del niño. Esta lectura clásica ha sido revisada en las corrientes basadas en evidencia, que mantienen la atención a la biomecánica vertebral pediátrica y a la función del sistema nervioso autónomo como dimensiones clínicamente relevantes —en línea con lo que el Bloque B del proyecto integrado desarrolló sobre el papel del sistema autónomo en el desarrollo—, pero que matizan las afirmaciones más amplias sobre los efectos sistémicos del ajuste vertebral en el niño.

La conexión con la lectura neurofuncional del Bloque 3 conviene fijarla con cuidado. El proyecto integrado sobre el TEA ha venido sosteniendo, desde el Bloque B y a lo largo del Bloque D, que la regulación autonómica es dimensión nuclear del trabajo con niños con TEA y que el predominio simpático crónico es hallazgo frecuente en el cuadro. La quiropráctica pediátrica con orientación neurofuncional sostiene que ciertas técnicas manuales suaves aplicadas a la columna —particularmente a la región cervical alta, al occipital y al sacro— pueden producir efectos sobre la regulación autonómica del niño y, a través de ella, sobre el clima parasimpático que el plan neurofuncional cultiva. Esta lectura es compartida con otras tradiciones manuales —la osteopatía pediátrica craneal desarrollada en la línea de William Garner Sutherland tiene formulaciones similares, y la terapia craneosacral comparte algunos principios—; y descansa, en su núcleo operativo, sobre la idea de que el trabajo manual sobre regiones anatómicamente relacionadas con el sistema autónomo puede modular su funcionamiento. La base de evidencia específica para esta lectura aplicada al TEA es, como se desarrollará, todavía limitada; lo que existe son estudios sobre componentes específicos —regulación autonómica en niños tras intervenciones manuales, modulación del tono vagal por trabajo manual cervical— y la lectura clínica acumulada de los profesionales del campo.

Repertorio operativo en el ámbito pediátrico

El repertorio operativo de la quiropráctica pediátrica con formación específica se distingue claramente del repertorio de la quiropráctica adulta en varios aspectos esenciales. Conviene presentarlos porque la confusión entre ambos formatos es una de las fuentes principales de los riesgos descritos en la literatura, que la subsección siguiente desarrollará.

La diferencia más importante afecta a la dosis mecánica del trabajo manual. Las técnicas de alta velocidad y baja amplitudHigh-Velocity, Low-Amplitude, HVLA en la literatura— que constituyen el núcleo del ajuste quiropráctico clásico en adultos requieren una adaptación drástica al organismo pediátrico, particularmente en niños pequeños. La fuerza aplicada se reduce a una fracción mínima de la utilizada en adultos, la amplitud del movimiento se reduce sustancialmente, y la velocidad se ajusta para no superar la elasticidad de los tejidos en desarrollo. En lactantes y niños menores de tres años, las técnicas HVLA clásicas son sustituidas, en la práctica responsable, por técnicas de baja fuerza específicamente pediátricas. Profesionales con formación específica trabajan habitualmente con fuerzas que apenas exceden la presión digital sostenida —presiones del orden de gramos, no de kilogramos, en niños muy pequeños— y con movilizaciones suaves que se acercan más al trabajo osteopático craneal que al ajuste vertebral adulto clásico.

Las técnicas específicas más reconocidas dentro de la quiropráctica pediátrica con formación específica incluyen, presentadas brevemente y sin endoso entre unas y otras: la técnica Activator —que utiliza un instrumento de muelle calibrado que produce un impulso muy breve y de baja amplitud, evitando las técnicas manuales HVLA clásicas y particularmente extendida en aplicaciones pediátricas—; la técnica Logan Basic —desarrollada por Hugh Logan en los años treinta, basada en contactos sostenidos suaves principalmente sobre el sacro—; la Sacro-Occipital Technique (SOT) —desarrollada por Major Bertrand DeJarnette, que articula la lectura del eje sacro-occipital y trabaja con bloques de posicionamiento y contactos sostenidos—; las técnicas craneales pediátricas —próximas a la osteopatía craneal, con contactos sutiles sobre suturas y huesos craneales—; y la ya mencionada técnica Webster en sus derivaciones pediátricas. Cada una de estas técnicas tiene su propia tradición formativa, su propia escuela, y su propia base de evidencia, que varía considerablemente entre unas y otras.

La valoración previa en la práctica pediátrica con formación específica incluye, además de la evaluación quiropráctica clásica, componentes neurodesarrollistas que la acercan operativamente a la evaluación funcional descrita en el Bloque C: valoración de hitos motores, valoración de reflejos primitivos según los criterios del enfoque, exploración postural y de simetría bilateral, evaluación de la función vestibular y oculomotora en la medida en que la formación del profesional lo permita, y screening de banderas rojas —signos de patología subyacente que requieren derivación pediátrica o neuropediátrica antes que ninguna otra intervención—. Esta valoración integrada es uno de los aportes característicos de la quiropráctica pediátrica con orientación neurofuncional, y refleja el solapamiento operativo con la Neurología Funcional descrita en §35.

Las aplicaciones reportadas en la literatura quiropráctica pediátrica son variadas y conviene presentarlas con honestidad sobre el grado de evidencia disponible para cada una. Las aplicaciones con base de evidencia comparativamente más consolidada —aunque modesta— incluyen los cólicos del lactante —donde varias revisiones sistemáticas han encontrado efectos pequeños pero significativos del trabajo manual quiropráctico y osteopático sobre la duración del llanto, con la matización de que parte del efecto puede atribuirse al contacto, al efecto placebo del proceso terapéutico mismo y a la regresión a la media característica del cuadro—, las alteraciones musculoesqueléticas del niño —dolor de espalda, escoliosis funcional, asimetrías posturales—, la tortícolis congénita —aplicada por equipos multidisciplinares en colaboración con fisioterapia pediátrica—, y algunas aplicaciones en la alimentación del lactante con dificultades de succión, particularmente en colaboración con consultoras de lactancia y logopedas. Las aplicaciones con base de evidencia más limitada incluyen los trastornos del sueño infantil, la enuresis, las otitis recurrentes y las alteraciones del patrón intestinal. Las aplicaciones al TEA específicamente, al TDAH y a los trastornos del aprendizaje se inscriben en el marco de la Neurología Funcional descrita en §35 y comparten su mismo perfil de evidencia desigual.

Aplicación al neurodesarrollo y al TEA

La aplicación específica de la quiropráctica pediátrica al neurodesarrollo y al TEA se ha desarrollado principalmente desde dentro del marco de la Neurología Funcional. Los profesionales que aplican estos enfoques al niño con TEA típicamente integran tres dimensiones: la valoración neurodesarrollista descrita en el Bloque C, las técnicas manuales pediátricas descritas, y la prescripción de estimulación específica para el hogar en la línea del repertorio del Bloque D. Esta integración produce un formato de trabajo que comparte rasgos importantes con la Neurología Funcional clásica y se diferencia de ella principalmente por el peso relativo que el trabajo manual recibe dentro del plan.

Los objetivos específicos del trabajo quiropráctico pediátrico aplicado al TEA, según la literatura del campo, incluyen: la modulación de la regulación autonómica a través del trabajo cervical alto, occipital y sacro —en línea con la lectura del sistema autónomo desarrollada en §8 del Bloque B y en §21 del Bloque D—; la mejora de la simetría postural y la corrección de asimetrías biomecánicas que pueden estar interfiriendo con la integración bilateral —en línea con §10 y §27—; el apoyo a la integración de reflejos primitivos retenidos a través de las técnicas específicas que cada escuela articula —en línea con §11 y §24—; el trabajo sobre disfunciones cervicales altas que pueden estar asociadas a alteraciones del nervio vago y, a través de él, a la regulación parasimpática descrita por el modelo polivagal de Porges; y el apoyo postural que facilite el resto del trabajo neurofuncional. La hipótesis que articula estos objetivos —que el trabajo manual sobre regiones anatómicamente relacionadas con el sistema nervioso puede modular su funcionamiento— es clínicamente plausible y descansa sobre principios neurofisiológicos reconocidos; la demostración controlada de su eficacia específica en el TEA es, en cambio, un terreno donde la evidencia disponible es todavía limitada y donde la honestidad pide reconocerlo.

La frecuencia habitual del trabajo en aplicaciones al neurodesarrollo varía según la escuela y el profesional. Algunos planes contemplan sesiones inicialmente frecuentes —una o dos por semana durante las primeras semanas o meses— que se espacian progresivamente a medida que la respuesta del niño se estabiliza, hasta llegar a un formato de mantenimiento mensual o más espaciado. Otros planes integran las sesiones quiroprácticas como componente puntual dentro de un trabajo neurofuncional más amplio cuyo grueso descansa en la estimulación cotidiana en casa. La calibración entre frecuencia, intensidad de la intervención y trabajo familiar paralelo es una de las decisiones clínicas que el profesional con formación específica gestiona en el caso concreto, y donde la sostenibilidad familiar del plan —incluida la carga económica, que para tratamientos sostenidos puede ser considerable— pesa como criterio operativo importante.

Un aspecto que la práctica responsable subraya consistentemente es la integración del trabajo quiropráctico pediátrico dentro de un plan multidisciplinar y nunca como intervención aislada para el TEA. La quiropráctica pediátrica con formación específica no se presenta, en sus formulaciones más maduras, como tratamiento del TEA por sí misma; se presenta como un componente potencialmente útil dentro de un plan integrado que incluye, según las necesidades del niño, atención neuropediátrica convencional, terapia ocupacional con o sin orientación de integración sensorial, terapia del lenguaje, intervenciones psicoeducativas, y trabajo familiar sostenido. Las afirmaciones más entusiastas —que sostienen efectos transformadores del trabajo quiropráctico aislado sobre el cuadro del TEA— no se sostienen con el grado de evidencia disponible y han sido legítimamente criticadas dentro y fuera del campo.

Estado de evidencia, riesgos descritos y limitaciones reconocidas

La subsección final aborda dos cuestiones que la lectura responsable del territorio exige tratar con particular cuidado: el estado de la evidencia controlada disponible para la quiropráctica pediátrica, especialmente en aplicaciones al neurodesarrollo, y los riesgos específicos descritos en la literatura para algunas aplicaciones pediátricas. Ambos componentes pertenecen al estado de la cuestión del campo y omitir cualquiera de ellos resultaría incompatible con la honestidad sistemática que el territorio requiere.

Sobre la evidencia disponible, el panorama es desigual y conviene presentarlo por niveles. Para los cólicos del lactante, varias revisiones sistemáticas —incluida una Cochrane revisada en distintas ocasiones— han examinado el conjunto de la literatura disponible: los resultados son modestos pero apuntan a efectos pequeños sobre la duración del llanto y la satisfacción parental, con la matización metodológica importante de que parte del efecto puede atribuirse al contacto y a la atención profesional misma, a la regresión a la media característica del cuadro —los cólicos del lactante son autolimitados y se resuelven naturalmente en la mayoría de los casos hacia los tres o cuatro meses de vida— y al sesgo del observador no cegado que las familias representan en estos estudios. La conclusión razonable, en línea con lo que las revisiones más cautelosas formulan, es que la evidencia es compatible con un beneficio modesto sin que pueda afirmarse de forma concluyente. Para las alteraciones musculoesqueléticas pediátricas —dolor de espalda en escolares, alteraciones posturales, escoliosis funcional—, la evidencia es comparativamente más consolidada y solapa con la literatura de fisioterapia pediátrica. Para las aplicaciones al TEA, al TDAH y a los trastornos del aprendizaje, la evidencia controlada de alta calidad es escasa: la literatura disponible se compone mayoritariamente de series de casos, reportes anecdóticos y estudios sin grupo control o con controles inadecuados, sin que existan ensayos aleatorizados de tamaño y calidad suficientes para establecer eficacia específica.

Sobre los riesgos descritos en la literatura, conviene presentarlos con la precisión que el lector pide. Las revisiones sistemáticas de eventos adversos en quiropráctica pediátrica han documentado, a lo largo de las décadas, reportes ocasionales de complicaciones que van desde efectos transitorios menores —irritabilidad post-tratamiento, llanto, malestar pasajero que se resuelve en horas o días— hasta eventos adversos más serios. Los eventos serios documentados, aunque infrecuentes, incluyen reportes de lesiones medulares, disecciones de arteria vertebral, fracturas vertebrales no diagnosticadas previamente que se agravaron y, en casos aislados, muerte por complicaciones cervicales en lactantes y niños muy pequeños. La frecuencia real de estos eventos es objeto de debate metodológico —el sistema de reporte de eventos adversos en terapias manuales pediátricas tiene limitaciones reconocidas— y las estimaciones varían entre revisiones. Lo que la literatura sí ha permitido identificar con razonable consistencia son los factores de riesgo asociados a los eventos adversos más serios: técnicas HVLA cervicales aplicadas en niños pequeños, ausencia de valoración previa adecuada que detecte contraindicaciones, intervención en niños con patología subyacente no diagnosticada —malformaciones congénitas de la unión cráneo-cervical, alteraciones del tejido conectivo, hidrocefalia no diagnosticada, tumores—, aplicación por profesionales sin formación específica pediátrica, y aplicación en lactantes muy pequeños cuyas estructuras óseas y ligamentarias presentan especificidades que las técnicas adultas no contemplan.

Las condiciones operativas que la práctica responsable del campo —desde sus propias asociaciones profesionales como la ICPA hasta los grupos de investigación basada en evidencia— ha articulado como criterio para minimizar los riesgos son varias y conviene retenerlas con claridad. La primera es la formación específica pediátrica del profesional, no su mera titulación quiropráctica adulta. La segunda es la valoración pediátrica previa adecuada, que incluya historia clínica completa, exploración general y descarte explícito de banderas rojas que indiquen patología subyacente. La tercera es la utilización de técnicas adaptadas a la edad y al desarrollo del niño, evitando expresamente las técnicas HVLA cervicales clásicas en niños pequeños. La cuarta es la coordinación con el pediatra tratante del niño, particularmente cuando hay cuadros complejos como el TEA, y el reconocimiento explícito de los límites del campo: la quiropráctica pediátrica no sustituye a la atención pediátrica convencional, la complementa cuando hay indicación específica para hacerlo. La quinta es la detección y derivación ante signos que excedan el ámbito de competencia del campo: dolor que no remite, signos neurológicos progresivos, alteraciones del comportamiento de aparición aguda, signos de patología sistémica.

Las limitaciones reconocidas desde el propio campo, en sus formulaciones basadas en evidencia, incluyen las siguientes. La heterogeneidad formativa —ya señalada— produce variaciones de práctica considerables entre profesionales que comparten titulación pero difieren en formación específica. La falta de regulación profesional en países donde la quiropráctica no es profesión sanitaria reconocida añade un nivel adicional de variabilidad y reduce las garantías para el paciente. La base de evidencia limitada para aplicaciones al neurodesarrollo y al TEA específicamente deja la práctica menos consolidada de lo que la tradición clínica acumulada del campo sugeriría. La tendencia divulgativa al sobreoptimismo en algunas formulaciones —promesas implícitas o explícitas sobre efectos del ajuste vertebral en condiciones neurológicas complejas— no se sostiene con el grado de evidencia disponible y ha sido legítimamente criticada. La carga económica de tratamientos sostenidos puede llegar a ser considerable para las familias, y la sostenibilidad real de algunos planes —tanto en términos económicos como en términos de tiempo familiar— merece reflexión honesta como criterio del diseño.

La lectura conjunta que conviene retener para el lector de la presente exposición se puede formular así. La quiropráctica pediátrica con formación específica y aplicada con técnicas adaptadas, valoración previa adecuada y coordinación pediátrica se inscribe en algunos planes integrados de trabajo con niños con TEA como un componente potencialmente útil dentro del repertorio neurofuncional general. Su base de evidencia controlada específica para el TEA es limitada y comparte con la Neurología Funcional descrita en §35 los rasgos generales de evidencia desigual que el conjunto del enfoque presenta. Los riesgos específicos descritos en la literatura pediátrica exigen que la elección de un profesional para esta vía se haga con criterios estrictos —formación específica certificada, registro profesional cuando exista regulación, técnicas adaptadas a la edad, integración con el equipo pediátrico habitual del niño—. Como con la Neurología Funcional, las afirmaciones más entusiastas sobre efectos transformadores del trabajo quiropráctico aislado sobre el TEA no se sostienen con el grado de evidencia disponible, y la lectura responsable del campo —desde dentro del propio campo— las matiza. La cuestión del lugar de esta vía entre las propuestas disponibles se desarrollará plenamente en §51, y la honestidad sistemática sobre los vacíos de evidencia del conjunto del repertorio del Bloque 3 recibirá tratamiento dedicado en §50.

Fuentes

  • La quiropráctica fue fundada en 1895 por Daniel David Palmer, quien formuló la idea de la subluxación vertebral: Palmer, D. D. (1910). The Chiropractor's Adjuster: A Text-book of the Science, Art and Philosophy of Chiropractic for Students and Practitioners. Portland Printing House Company.
  • Larry Webster desarrolló la técnica Webster y fundó en 1986 la International Chiropractic Pediatric Association (ICPA): International Chiropractic Pediatric Association (1986). Our Story: Larry Webster, DC (1937–1997) y la fundación de la ICPA. ICPA.
  • La técnica Logan Basic, desarrollada por Hugh Logan en los años treinta, basada en contactos sostenidos sobre el sacro: Logan, H. B. (1950). Textbook of Logan Basic Methods. Logan College of Chiropractic.
  • La Sacro-Occipital Technique (SOT), desarrollada por Major Bertrand DeJarnette: DeJarnette, M. B. (1984). Sacro Occipital Technic. Privately Printed (Nebraska City, NE).
  • El modelo polivagal de Porges sobre el nervio vago y la regulación parasimpática: Porges, S. W. (1995). «Orienting in a defensive world: Mammalian modifications of our evolutionary heritage. A Polyvagal Theory». Psychophysiology, 32(4), 301-318.
  • La osteopatía craneal desarrollada en la línea de William Garner Sutherland: Sutherland, W. G. (1939). The Cranial Bowl: A Treatise Relating to Cranial Articular Mobility, Cranial Articular Lesions and Cranial Technic. Free Press Company.
  • Una revisión Cochrane sobre cólicos del lactante encontró efectos modestos del trabajo manual sobre la duración del llanto: Dobson, D., Lucassen, P. L. B. J., Miller, J. J., Vlieger, A. M., Prescott, P., & Lewith, G. (2012). «Manipulative therapies for infantile colic». Cochrane Database of Systematic Reviews, (12), CD004796.