Trabajo top-down complementario: funciones ejecutivas
Cuándo y cómo introducir el trabajo top-down en el TEA: criterios de proporción bottom-up/top-down, principios operativos y regulación como suelo.
Trabajo top-down complementario: funciones ejecutivas
Las diez secciones anteriores del Bloque D —desde la regulación autonómica de §21 hasta las modalidades de actividad física estructurada de §28 a §30— desplegaron, en progresión bottom-up, el repertorio dirigido a los niveles inferiores y medios de la pirámide del desarrollo: sustrato sensorial, organización sensoriomotora, regulación, postura, coordinación, actividad física. La presente sección añade una dimensión complementaria que durante este recorrido ha estado deliberadamente en segundo plano y que aquí recibe tratamiento propio: el trabajo top-down sobre las funciones ejecutivas —el conjunto de procesos cognitivos superiores que la corteza prefrontal sostiene y que regulan, desde arriba, los sistemas que el resto del bloque ha venido trabajando desde abajo—.
Conviene precisar de entrada qué se entiende aquí por funciones ejecutivas. La literatura del territorio coincide, con formulaciones diversas, en un conjunto de procesos cognitivos cuya función conjunta es la autorregulación dirigida a metas: la atención sostenida —mantener el foco en una tarea durante el tiempo que requiere—; la memoria de trabajo —retener información en la mente y operar con ella simultáneamente—; el control inhibitorio —parar respuestas automáticas inadecuadas para dar lugar a la respuesta deliberada—; la flexibilidad cognitiva —cambiar de una regla, perspectiva o estrategia a otra cuando la situación lo requiere—; y la planificación —anticipar pasos, organizar secuencias, prever consecuencias—. En TEA, varias de estas funciones presentan dificultades específicas que la literatura ha documentado con consistencia, particularmente la flexibilidad cognitiva, el control inhibitorio en situaciones cargadas emocionalmente, y la planificación de secuencias complejas.
Cuándo introducir trabajo top-down
La pregunta sobre cuándo introducir trabajo top-down dentro del plan tiene una respuesta que conviene formular con cuidado, porque admite dos lecturas extremas que el manual viene contrastando a lo largo del Bloque A y que aquí merecen reactivación específica.
La primera lectura extrema sostiene que el trabajo top-down debe esperar a que la base bottom-up esté completamente consolidada, de modo que cualquier intento de trabajar funciones ejecutivas antes resulte prematuro y contraproducente. Esta lectura, en su versión rigurosa, conduce a planes donde el niño con TEA pasa meses o años en trabajo exclusivamente sensoriomotor antes de incorporar cualquier componente cognitivo-conductual, bajo el supuesto de que "primero los cimientos, después la cima". La segunda lectura extrema, en sentido inverso, propone que el trabajo top-down debe ser central desde el inicio, por la vía habitual de programas conductuales o cognitivos intensivos que entrenan directamente las habilidades finales sin atender al sustrato que las sostiene. Esta lectura, presente en su forma más pura en algunas tradiciones de intervención clásica, sostiene que el cerebro infantil aprende lo que se le entrena, sin más, y que las habilidades sociales, atencionales y comunicativas se consolidan por enseñanza directa al margen de cualquier consideración sensoriomotora.
La lectura responsable que la literatura del territorio recoge, y que el manual ha venido contrastando desde §5 y especialmente desde §5.5.3, se sitúa entre las dos lecturas extremas con la honestidad que el equilibrio expositivo del bloque requiere. Las dos direcciones operan simultáneamente en cualquier plan bien diseñado, y la cuestión no es si se incorpora trabajo top-down sino en qué proporción según el perfil del niño, su edad funcional, su estado de regulación y el momento del plan. La fórmula sintética que el territorio recoge con consistencia es: al inicio del trabajo, el peso suele estar entre el ochenta y el noventa por ciento en bottom-up; a medida que la base se consolida, el peso del trabajo se va desplazando hacia componentes top-down hasta proporciones más equilibradas; en fases avanzadas, según el perfil concreto, el peso puede llegar a invertirse. La progresión es gradiente continuo, no fases sucesivas con frontera definida.
Cinco criterios operativos orientan, en la práctica, cuándo y cuánto trabajo top-down incorporar. Primero: la base parcialmente consolidada. Si el niño tiene cierta integración sensorial mínima, cierta sostenibilidad postural, cierta disponibilidad atencional, el trabajo top-down complementario puede empezar a rendir. Segundo: la urgencia funcional puntual. Cuando el niño necesita aprender una habilidad concreta de la que su vida cotidiana depende —control de esfínteres en su momento evolutivo, una rutina escolar específica, una habilidad de comunicación básica para sobrevivir socialmente— ese aprendizaje específico se trabaja desde arriba en paralelo al trabajo de base, sin esperar a que la base esté plenamente consolidada. Esta lectura, anclada explícitamente en el criterio de §5.5.3 sobre no convertir el bottom-up en pretexto para no proporcionar herramientas que el niño ya requiere, mantiene operativa la honestidad del equilibrio expositivo del manual. Tercero: la verbalidad y la autorregulación mínimas. Los ejercicios top-down más estructurados —juegos rítmicos con consigna verbal, memoria inversa, tareas duales— requieren que el niño pueda seguir consignas y mantenerse en la tarea. En niños no verbales o muy pequeños, estos formatos resultan prematuros; en niños con verbalidad suficiente y cierta autorregulación, pueden incorporarse con buen rendimiento. Cuarto: la edad. En niños mayores y adolescentes con TEA, el trabajo exclusivamente bottom-up puede percibirse —por el propio niño, por la familia, por el entorno escolar— como infantilizante o desajustado a la edad cronológica, en línea con lo desarrollado en §6.3 sobre los riesgos del error de la edad cronológica en sentido inverso. La proporción de componentes top-down se ajusta al perfil global del niño, no solo a la edad funcional por áreas. Quinto: el estado del plan. En fases avanzadas, cuando la base está sustancialmente consolidada y el niño ha consolidado regulación, integración sensorial básica y coordinación, el peso del trabajo se desplaza hacia las funciones ejecutivas y el aprendizaje, sin que ello signifique abandonar el trabajo bottom-up de mantenimiento.
Un principio operativo complementario, que la literatura del territorio recoge con consistencia y que conviene retener como criterio general, es el siguiente: las habilidades top-down se integran en juego siempre que es posible, en lugar de enseñarse explícitamente en formato de tarea aislada. La memoria de trabajo se entrena en juegos rítmicos; las funciones ejecutivas se trabajan en juegos de mesa; las habilidades sociales se practican en juego compartido. Esta lectura aprovecha simultáneamente la motivación intrínseca del niño y los mecanismos plásticos que favorecen los aprendizajes con implicación afectiva, descritos en §3 como condiciones potenciadoras de la plasticidad. El formato de tarea explícita —el niño sentado frente al adulto, en mesa, con consigna verbal directa— se reserva para los componentes donde el formato lúdico no encuentra adaptación posible y para los niños cuyo perfil tolera bien ese formato.
Juegos rítmicos y de percusión
La primera familia del repertorio top-down que la literatura del territorio recoge —y, probablemente, una de las más rentables por su capacidad de combinar trabajo cognitivo con componentes sensorimotores y socioemocionales— son los juegos rítmicos y de percusión. Su mecanismo neurofuncional opera por varias vías simultáneas: entrena atención sostenida —seguir un patrón rítmico requiere mantener el foco—; activa memoria de trabajo —retener una secuencia durante el tiempo necesario para reproducirla—; ejercita sincronización —ajustar la propia producción motora al tempo externo—; y produce los efectos reguladores específicos de la ritmicidad descritos en §21.4 a propósito de las vías sociales de regulación parasimpática. El ritmo es, por su naturaleza, puente entre lo motor y lo cognitivo: la corteza prefrontal trabaja en coordinación con el cerebelo —descrito en §7.3 como pieza central de la temporalización— y con áreas motoras, en una operación que rinde simultáneamente para varios niveles de la pirámide.
El repertorio operativo del trabajo rítmico es amplio y se adapta bien a distintas edades funcionales. En niños pequeños o con perfiles más comprometidos, la versión inicial es el juego de imitación rítmica simple: el adulto produce un patrón corto —dos palmadas, una pausa, una palmada— y el niño lo reproduce. La progresión añade complejidad gradualmente: patrones de tres elementos, después cuatro, después secuencias con variaciones de intensidad —fuerte-suave-fuerte— y de tempo. La producción autónoma invierte los roles: el niño marca un patrón, el adulto lo repite. Esta variante, especialmente valiosa, exige al niño no solo escuchar y reproducir sino generar una secuencia rítmica, lo que activa componentes de iniciativa y autorregulación que la imitación pasiva no entrena. Los juegos de percusión bimanuales —dos manos en patrones alternados o asimétricos, con palmas, en el cuerpo, sobre superficies que producen sonidos distintos— combinan trabajo cognitivo con la coordinación bilateral descrita en §27, en una operación cruzada particularmente densa neurofuncionalmente. La percusión corporal —palmadas en el cuerpo siguiendo patrones, alternando palmadas y pisotones, integrando movimientos cruzados con ritmo— añade el componente vestibular y propioceptivo. Las canciones con coreografía rítmica —canciones infantiles con movimientos asociados a cada verso o estrofa— inscriben el trabajo rítmico en formatos con motivación intrínseca alta y con componente social cuando se realizan con el adulto.
Una variante específica que merece mención es la del ritmo con instrumentos. Tambores infantiles, panderetas, maracas, instrumentos de percusión adaptados al tamaño del niño, ofrecen una vía de entrada particularmente motivadora para niños a los que el ritmo con el propio cuerpo resulta menos atractivo. La batería infantil, donde el niño coordina manos y pies simultáneamente con ambos hemicuerpos, es probablemente uno de los formatos de mayor densidad neurofuncional disponibles para este trabajo, y la práctica regular de un instrumento de percusión —aunque sea en formato amateur sin pretensión de aprendizaje musical formal— rinde efectos acumulados notables sobre atención, memoria de trabajo, coordinación bilateral e integración interhemisférica. Esta lectura es lectura común entre las tradiciones musicales y las del territorio neurofuncional, y la convergencia da consistencia al criterio operativo.
Memoria de trabajo y memoria inversa
La memoria de trabajo —la capacidad de retener información durante períodos cortos mientras se opera con ella— es función ejecutiva central que sostiene buena parte de los aprendizajes formales: leer una frase y retener el inicio mientras se procesa el final, hacer una operación aritmética manteniendo cifras intermedias, seguir una instrucción de varios pasos sin perderse en el camino, recordar lo que íbamos a decir en medio de una conversación. En TEA, la memoria de trabajo presenta perfil heterogéneo según los estudios disponibles: algunas dimensiones —memoria de trabajo visual, memoria de detalle— pueden estar particularmente preservadas, mientras que otras —memoria de trabajo verbal compleja, memoria de trabajo social— presentan dificultades específicas. El trabajo dirigido a entrenar la memoria de trabajo se inscribe en el repertorio top-down como componente específico.
El repertorio operativo incluye varias modalidades. Los juegos de repetición de series —el adulto dice una secuencia de tres a siete elementos (números, palabras, colores, objetos), el niño la reproduce— entrenan la memoria de trabajo en su forma más directa. La progresión ajusta la longitud de la serie y el tipo de elementos a la edad funcional del niño: dos o tres elementos visuales en niños pequeños, hasta seis o siete elementos verbales en niños mayores con buen perfil. La memoria inversa —el niño debe reproducir la serie en orden inverso al presentado— añade un componente de manipulación interna de la información que la mera repetición no entrena. "Te digo tres números —cuatro, siete, dos— y los repites al revés". La memoria inversa es particularmente exigente porque requiere simultáneamente retener la información, mantenerla disponible mientras se opera con ella, y producir una salida que no es repetición directa de la entrada. La consecuencia operativa es que entrena, en una sola tarea, memoria de trabajo más control inhibitorio —inhibir la respuesta automática de repetir en orden directo—.
Las versiones lúdicas del trabajo de memoria amplían el repertorio. El clásico juego de "Memory" con cartas que se voltean por pares mejora la memoria visual de localización en formato motivador. El "teléfono descompuesto" —un mensaje que pasa de uno a otro y se reproduce al final— combina memoria con escucha atenta. El juego "Simón" electrónico o sus equivalentes caseros —repetir secuencias progresivamente más largas de luces y sonidos— ofrece un formato con motivación tecnológica que algunos niños sostienen mejor que las versiones puramente verbales. Los juegos de mesa con elementos de memoria —reglas que requieren recordar qué cartas han salido, qué turno toca, qué condición se cumple— inscriben el trabajo en formatos sociales con varios componentes simultáneos.
Una precisión sobre el formato cierra la subsección. En niños con TEA, la integración del trabajo de memoria en juego rinde, en términos generales, más que el formato de "ejercicio cognitivo aislado". Memoria inversa con números en una mesa es formato exigente que muchos niños rechazan o sostienen con dificultad; cantar al revés una canción que conocen, decir los pasos de la rutina del baño en orden inverso, reproducir hacia atrás una secuencia de saltos sobre el trampolín (§30.1) integra la misma operación cognitiva en formatos con motivación intrínseca alta y con activación de otros sistemas en paralelo. Esta integración aprovecha lo desarrollado sobre el principio operativo de inscribir el trabajo top-down en juego.
Tareas duales y cambio de set
Dos componentes adicionales del trabajo top-down merecen tratamiento conjunto porque comparten una lógica: entrenan la flexibilidad del sistema para manejar simultáneamente o sucesivamente exigencias distintas, función ejecutiva en la que muchos niños con TEA presentan dificultades específicas.
Las tareas duales —ejecutar dos tareas simultáneamente— entrenan la capacidad de distribuir la atención y de mantener simultáneamente activos dos procesos cognitivos o motores. El mecanismo opera por la exigencia de compartir recursos atencionales: cuando el sistema debe atender a dos cosas a la vez, la corteza prefrontal y sus conexiones con las áreas implicadas en cada tarea trabajan en coordinación bajo una carga cognitiva superior. El repertorio operativo se construye combinando una tarea motora con una tarea cognitiva, dos tareas motoras de distinto tipo, o dos tareas cognitivas simultáneas. Algunos ejemplos que la literatura del territorio recoge: caminar y contar al revés desde veinte; saltar a la cuerda y decir nombres de animales; rebotar una pelota y nombrar colores que se ven en la habitación; andar en línea recta mientras se responde a preguntas sencillas; mantenerse en equilibrio sobre un pie mientras se realiza una operación aritmética simple. La progresión ajusta la complejidad de cada tarea por separado y la dificultad de combinarlas: en niños pequeños o con perfiles más comprometidos, las dos tareas son sencillas; en niños mayores, una o ambas tareas pueden ser exigentes. La dosificación importa especialmente: las tareas duales producen carga cognitiva alta, y aplicar dosis excesivas resulta en frustración y rechazo en lugar de aprendizaje.
El cambio de set —set-shifting en la terminología técnica— entrena la flexibilidad cognitiva: la capacidad de cambiar de una regla, perspectiva o estrategia a otra cuando la situación lo requiere. Esta función ejecutiva presenta dificultades específicas en TEA según la literatura disponible, y se asocia con la rigidez conductual y la resistencia al cambio que caracterizan a una parte significativa de los perfiles. El repertorio operativo se basa en juegos donde la regla cambia sin previo aviso y el niño debe reajustarse. El ejemplo más claro: clasificar tarjetas primero por color, después por forma, después por número, cambiando la regla cada cierto tiempo. La primera versión avisa del cambio ("ahora clasificamos por forma"); la versión más exigente alterna sin aviso explícito. Variantes accesibles: el juego de "Simón dice" y sus formatos —el niño ejecuta la orden solo si va precedida de "Simón dice", inhibiendo la respuesta cuando la consigna no incluye la fórmula—; los juegos de "color o palabra" —tarjetas con nombres de colores escritos en colores distintos al que nombran, donde se cambia la regla de "lee el nombre" a "di el color de la tinta", versión adaptada del clásico test de Stroop—; los juegos de mesa con cartas de acción —Uno y similares— donde el desarrollo del juego incluye cambios de sentido, saltos de turno y reglas variables. La habilidad que estos formatos entrenan es la de soltar la regla anterior, retener la nueva, aplicarla sin que la consolidación de la primera bloquee el cambio. Para niños con tendencia marcada a la rigidez, el trabajo de cambio de set se introduce con dosis baja y formato muy lúdico: forzar la flexibilidad cognitiva en un niño cuya regulación está comprometida produce resistencia frontal en lugar de aprendizaje.
Las tareas duales y el cambio de set comparten una característica que conviene retener: son formatos que exigen al sistema trabajar bajo carga cognitiva alta. Su rentabilidad terapéutica descansa precisamente en esa exigencia —el sistema se entrena cuando se le pide funcionar en condiciones que exceden su zona de confort—, pero su aplicación inadecuada produce el efecto contrario al deseado: bloqueo, rechazo, desregulación. La calibración fina entre exigencia productiva y sobrecarga contraproducente depende de la lectura sostenida del niño concreto, y es una de las dimensiones donde la observación atenta del adulto que aplica el trabajo importa más que el protocolo formal.
Historias sociales dramatizadas
Dentro del repertorio top-down, una familia específica de actividades trabaja la dimensión social y comunicativa en formato narrativo: las historias sociales dramatizadas. Su mecanismo combina varios componentes que en formatos puramente cognitivos no se activan: planificación de secuencias —la historia tiene un inicio, un desarrollo y un cierre—, comprensión de perspectivas —los personajes piensan y sienten cosas distintas—, anticipación de consecuencias —lo que un personaje hace produce reacciones en los otros—, práctica de respuestas sociales —en entorno seguro y controlado, sin las consecuencias reales del entorno social cotidiano—.
El formato operativo es flexible y se adapta a distintos perfiles. En la versión más simple, el adulto dramatiza con muñecos, peluches o títeres una pequeña escena social: dos muñecos se encuentran, uno saluda, el otro responde, juegan juntos. La progresión añade complejidad: el adulto introduce un conflicto —un muñeco quiere jugar con un juguete que el otro tiene—, propone resoluciones alternativas, observa cómo se reaccionan los personajes, comenta lo que sienten. El niño puede ser espectador de la escena al inicio, comentar lo que ocurre, proponer soluciones, y eventualmente encarnar uno de los personajes cuando su capacidad lo permita. La versión más exigente del formato es el juego de roles intercambiados: "ahora tú eres el profesor y yo el alumno", "hoy tú eres el médico y yo el paciente", "vamos a jugar a la tienda, tú eres el dependiente". Estos juegos de rol, que pertenecen al repertorio natural del desarrollo infantil típico entre los tres y los seis años, se aplican aquí en versión adaptada a la edad funcional del niño y a sus intereses específicos. Para niños con interés especial en un tema concreto —trenes, dinosaurios, personajes de una serie—, el juego de rol que incorpora ese interés rinde sustancialmente más que el juego de rol genérico.
Las historias sociales dramatizadas tienen, en niños con TEA, dos ventajas operativas que conviene retener. La primera es que ofrecen un espacio seguro para ensayar respuestas a situaciones sociales que en la vida real resultan abrumadoras. El niño puede practicar saludar, pedir, agradecer, esperar turno, manejar un desacuerdo, sin las consecuencias reales del intercambio social con iguales. La práctica acumulada en este formato deja huella accesible a la que el niño puede recurrir cuando la situación real aparece. La segunda ventaja es que el formato narrativo explicita lo que en la interacción social cotidiana es implícito: las intenciones, las expectativas, las convenciones, los matices pragmáticos. Para un perfil donde la lectura intuitiva de estas dimensiones presenta dificultades —en línea con lo desarrollado en §18.2 sobre el perfil comunicativo pragmático—, hacerlas explícitas a través de la dramatización aporta acceso que la mera exposición a la interacción real no produce. La conexión con el trabajo de conducta y socialización que la §33 desarrollará es directa: las historias sociales dramatizadas son una de las modalidades específicas donde el trabajo sobre la cima social se inscribe sin saltarse las bases.
Una distinción técnica conviene precisar. El concepto de "historias sociales" en su formulación más extendida pertenece a una tradición específica desarrollada por Carol Gray en los años noventa, con un formato muy estructurado de narraciones cortas redactadas en primera persona que describen situaciones sociales y respuestas esperadas. Aunque el formato de Gray y la versión "dramatizada" que esta subsección presenta comparten propósito —ofrecer al niño con TEA un acceso explícito a las convenciones sociales— operan por mecanismos algo distintos: el formato de Gray es predominantemente textual y de lectura, mientras que la versión dramatizada que la literatura neurofuncional recoge es vivencial e interactiva. Ambos formatos pueden integrarse en el plan según el perfil del niño y la preferencia de la familia, y no se excluyen entre sí. El desarrollo pleno de las tradiciones específicas pertenece a §41 y a la literatura especializada en intervenciones sociales en TEA.
El top-down siempre sobre niño regulado
El cierre operativo de la sección reactiva un criterio que recorre el manual entero desde §8 y que la primera parte del Bloque D dejó instalado en §21 como rutina permanente: cualquier trabajo top-down rinde solo sobre el suelo de regulación que la activación parasimpática produce. Sin esta condición, las técnicas descritas en las cinco subsecciones anteriores no funcionan, por bien diseñadas y motivadoras que estén.
La razón es directa y descansa en lo que la sección §8 desarrolló: la corteza prefrontal —sustrato anatómico de las funciones ejecutivas— requiere para operar un sistema autónomo en estado de calma con compromiso social. Cuando el niño está en activación simpática crónica —irritable, hiperalerta, motorizado, reactivo—, sus recursos están comprometidos en la gestión de la amenaza percibida, y la corteza prefrontal queda funcionalmente al servicio de operaciones de supervivencia inmediata, no del aprendizaje. Cuando el niño está en estado dorsal de hipoarousal —apático, desconectado, presente en cuerpo pero ausente atencionalmente—, los recursos atencionales están retirados del entorno y la corteza no está disponible para integrar lo que se le ofrece. La fórmula operativa, formulada por primera vez en §8.4 y reactivada en §21.6 como criterio permanente, vuelve aquí con su aplicación específica al trabajo top-down: regular primero, enseñar después.
La consecuencia operativa para el plan tiene tres componentes. Primero: el trabajo top-down se ofrece en momentos del día y contextos donde el niño está regulado, no en cualquier momento. Los períodos posteriores a actividades reguladoras —después de una sesión vestibular bien dosificada (§23), después de un baño caliente con presión profunda (§21.3), después de un período de actividad física aeróbica seguida de su rebote parasimpático (§28.1)— son ventanas privilegiadas para introducir trabajo cognitivo. Los momentos de desregulación —llegada de la escuela en mal estado, transiciones difíciles, tras una sobreestimulación sensorial— no son momentos para trabajar funciones ejecutivas; son momentos para regular, y la propuesta cognitiva se traslada a otro momento. Segundo: si en mitad de una actividad top-down el niño se desregula, la respuesta operativa es parar el trabajo cognitivo y volver al trabajo regulador, retomando la actividad cognitiva en otro momento. Forzar la continuación de un ejercicio de memoria inversa o de cambio de set en un niño que ya está saliendo de la regulación produce no solo ineficacia de ese ejercicio concreto sino consolidación del rechazo al formato, lo que afecta a sesiones futuras. Tercero: la regulación se mantiene como acompañante permanente del trabajo top-down. Las sesiones cognitivas pueden incorporar pausas reguladoras —cantar juntos un fragmento de canción, respirar profundamente, hacer un breve juego rítmico, recibir presión profunda durante unos segundos— entre tareas, manteniendo el sistema en el rango disponible para el aprendizaje sin que la carga cognitiva acumulada lo saque de ese rango.
Una precisión final cierra la sección y conecta con el peso editorial del cierre del Bloque D. El trabajo top-down, presentado en estas seis subsecciones, no compite con el trabajo bottom-up que el bloque desarrolló hasta §30; lo complementa. Las dos direcciones operan simultáneamente en cualquier plan honesto, en proporciones que el perfil del niño y el momento del proceso determinan. La progresión hacia mayor peso top-down no significa abandono del trabajo bottom-up: la base sensoriomotora se mantiene como mantenimiento permanente durante años, en línea con lo desarrollado en §21.6 sobre regulación como rutina permanente y como recordará la nota de cierre del bloque. La cima rinde, en última instancia, lo que los cimientos permiten que rinda, y los cimientos siguen requiriendo trabajo aunque la cima ya se esté construyendo simultáneamente.
Fuentes
- El concepto de «historias sociales» como narraciones cortas estructuradas en primera persona que describen situaciones sociales y respuestas esperadas, formulado por Carol Gray en los años noventa.: Gray, C. A., & Garand, J. D. (1993). «Social Stories: Improving Responses of Students with Autism with Accurate Social Information». Focus on Autistic Behavior, 8(1), 1-10.
- El test de Stroop como paradigma de interferencia color-palabra del que deriva el juego de «di el color de la tinta, no leas la palabra».: Stroop, J. R. (1935). «Studies of interference in serial verbal reactions». Journal of Experimental Psychology, 18(6), 643-662.