Volver a Cuidar a quien cuida
Cuidar a quien cuida

Resiliencia parental: caracterización y construcción a lo largo del tiempo

La resiliencia parental retirada de su retórica heroica: qué describe el concepto, qué factores la sostienen, por qué es construida y no un rasgo, y cuándo el uso del término responsabiliza injustamente al cuidador.

~9 min de lectura

La palabra resiliencia ha circulado tanto en los últimos años, y se ha llenado tanto de retórica heroica, que para usarla bien en el contexto del cuidado de un hijo con TEA hay que retirarle antes una capa de imágenes que estorban. Esta entrada nombra qué describe el concepto cuando se le quita esa retórica, qué factores la sostienen, por qué es un proceso construido y no un rasgo de carácter, y por qué importa distinguir entre aguantar y ser resiliente.

Lo que la palabra suele evocar y lo que la resiliencia no es

Quien cuida durante mucho tiempo escucha con frecuencia frases del tipo no sé cómo lo haces, yo no podría, eres muy fuerte. Y suele recibirlas con una incomodidad difícil de explicar. Porque por dentro sabe lo que pasa puertas adentro: las noches difíciles, las mañanas en que no se sabe cómo se va a llegar a la noche, los momentos en que se vino abajo sin que nadie lo viera. Y sin embargo sigue cumpliendo, sosteniendo, presentándose cada día. La palabra que circula para nombrar eso es resiliencia. Y la palabra, cargada como llega, suele evocar algo que la resiliencia no es.

No es invulnerabilidad. No es la persona a la que nada le afecta, que sigue adelante como si los golpes no tocaran. Esa figura no existe. Ni siquiera en quienes desde fuera parecen encarnarla.

No es ausencia de dolor. La resiliencia no consiste en no sufrir; consiste en sufrir y seguir funcionando, sin que esa coexistencia destruya a la persona.

No es rasgo de carácter del que algunos disfrutan por nacimiento y otros carecen. Esta imagen, además de ser inexacta, hace daño: presenta a quien lo está pasando mal como alguien al que internamente le falta algo, en lugar de como alguien que está atravesando una etapa o unas circunstancias especialmente duras.

Y no es virtud heroica a celebrar. Cuando la palabra se convierte en elogio, suele venir cargada de una expectativa implícita de que el cuidador, además de cuidar, debería hacerlo con una cierta entereza que tranquilice a quienes lo rodean. Esa expectativa pesa más de lo que parece.

Lo que describe el concepto cuando se le retira la retórica

Lo que las investigaciones más sobrias sobre el tema han ido decantando, lejos de la imagen heroica, es algo bastante más modesto. La resiliencia es la capacidad de caer y volver a pararse. No la capacidad de no caer. Esa diferencia, que parece pequeña, lo cambia todo. Porque caer está garantizado en una situación de cuidado sostenido. Hay días que tumban. Hay noticias que tumban. Hay etapas enteras que tumban. Lo que la palabra describe no es la ausencia de caída, sino lo que pasa después: cuánto se tarda en volver a pararse, cómo se hace, con qué se apoya uno, y si la caída deja algo aprovechable o solo una herida que lastima.

Visto así, la resiliencia no es un estado en el que la persona está o no está. Es una variable que oscila a lo largo del tiempo, en función de muchos factores que no siempre dependen de la persona misma. Hay etapas en las que se vuelve a pararse pronto, casi sin notarlo. Y hay etapas en las que cuesta mucho más. Eso no es signo de que la resiliencia se haya perdido. Es signo de que las condiciones que la sostienen están más o menos presentes en cada momento.

Resiliencia y aguantar no son lo mismo

Una confusión frecuente, y especialmente costosa, es identificar resiliencia con aguantar. Las dos palabras pueden describir, desde fuera, comportamientos parecidos: una persona que sigue funcionando bajo carga. Pero por dentro operan de manera muy distinta.

Aguantar consume sin reponer. Es seguir caminando con una mochila que cada día pesa más, hasta que un día algo se rompe. No hay descanso intercalado, no hay recuperación entre caídas, no hay reposición real de la energía gastada. La persona se sostiene por inercia, por sentido del deber, por miedo a que si para no pueda volver a empezar. Y sostenido en el tiempo, aguantar tiene un coste muy alto: el desgaste se acumula por dentro y la rotura llega tarde, cuando ya es difícil revertirla.

La resiliencia, en cambio, incluye reposición. Incluye descanso. Incluye pedir ayuda. Incluye, en algún momento, decir basta por hoy sin que eso se interprete como derrota. Incluye periodos de menor exigencia entre periodos de exigencia alta. No porque la persona elija las condiciones —muchas veces no se eligen—, sino porque la persona, en la medida en que puede, busca o protege esos espacios de recuperación cuando los hay. La diferencia práctica es enorme: aguantar lleva al agotamiento que se desarrolla en la entrada El agotamiento del cuidador principal; la resiliencia, sostenida con las condiciones adecuadas, no.

Los factores que la sostienen

Aquí está el cambio de mirada más útil que el concepto admite. La resiliencia no es algo que cada persona tiene en mayor o menor cantidad, como una característica heredada. Es lo que ocurre cuando se dan ciertas condiciones, y se debilita cuando esas condiciones faltan. Tres factores se repiten en las observaciones sobre cuidadores que sostienen el cuidado durante años sin romperse del todo.

Vínculos donde apoyarse. El primero es la presencia de al menos algunas personas en la vida del cuidador con las que se puede contar de verdad. No redes amplias, no multitudes. Personas concretas: alguien con quien se puede llorar sin tener que dar explicaciones, alguien a quien se le puede pedir relevo, alguien con quien se puede hablar de algo que no sea el cuidado. Cuando esos vínculos están, las caídas se amortiguan. Cuando faltan, las caídas son más profundas y la recuperación más lenta.

Sentido claro. El segundo es la conexión con un porqué que sostiene el esfuerzo más allá de la pura obligación. No hace falta un discurso filosófico armado: basta con que, en los momentos de claridad, la persona sepa por qué está cuidando como cuida, y ese saber le devuelva algo cuando el día fue duro. El sentido no se obtiene por decreto, ni es ajeno a las circunstancias. Hay etapas en las que se pierde de vista y vuelve, y conviene saberlo, porque su ausencia transitoria no significa que se haya perdido para siempre.

Vulnerabilidad sin lectura de debilidad. El tercer factor, probablemente el menos atendido culturalmente, es la capacidad de permitirse momentos de vulnerabilidad sin interpretarlos como fallos. Llorar cuando toca. Decir no puedo más sin que esa frase descalifique a la persona que la dice. Pedir ayuda sin que la petición se vuelva una marca interna de incompetencia. Esta dimensión es muy sensible al entorno cultural: en entornos donde la fortaleza se entiende como ausencia de signos de cansancio, la vulnerabilidad se gestiona en privado y se paga después en el cuerpo.

Ninguno de los tres factores requiere ser especialmente fuerte. Los tres se construyen, se cuidan y, cuando faltan, se pueden reforzar deliberadamente. Y los tres son sensibles al contexto: dependen de la familia, del entorno cercano, del momento vital, de las condiciones materiales del cuidado.

Por qué importa que sea construida, no heredada

La implicación práctica del giro es decisiva. Si la resiliencia fuera un rasgo —un don con el que algunas personas nacen y otras no—, no habría mucho que hacer cuando se está pasando mal. La conclusión sería no soy de las personas que pueden con esto. Y esa conclusión, además de inexacta, es paralizante: no orienta ninguna acción, solo confirma una identidad limitante.

Si la resiliencia es lo que ocurre cuando se dan ciertas condiciones, la pregunta cambia. Deja de ser cómo soy y pasa a ser qué condiciones tengo, cuáles me faltan, cuáles puedo modificar y cuáles necesito que cambien en mi entorno. Esta segunda pregunta produce movimiento. La otra solo produce juicio sobre uno mismo.

El riesgo del concepto: cuando se vuelve mandato

Hay una deriva del concepto de resiliencia que conviene nombrar abiertamente, porque circula mucho y hace daño. Es la versión en que la resiliencia se presenta como virtud personal a celebrar, como cualidad que distingue a los cuidadores fuertes de los demás. En esa versión, cuando un cuidador se está derrumbando, se le sugiere implícitamente que algo dentro suyo no funciona como debería. Que si fuera más resiliente, no le pesaría tanto. Que la solución está en su carácter, en su actitud, en su disposición interna.

Esa lectura tiene varios problemas. Responsabiliza individualmente al cuidador de su propio agotamiento. Ignora las condiciones materiales que sostienen o socavan el cuidado: la presencia o ausencia de relevo familiar, el acceso a profesionales, los recursos económicos, la situación laboral, el reconocimiento administrativo de la situación. Y suele coexistir con un descuido —institucional, familiar, social— de los apoyos que harían falta para que el cuidado fuera sostenible. Cuando el discurso sobre la resiliencia parental se usa para no dar más apoyo a las familias porque "ya saldrán adelante, son fuertes", el concepto está cumpliendo una función que no le corresponde.

Conviene ser explícito: lo que protege la sostenibilidad del cuidado a lo largo de los años no es la fortaleza heroica de quien cuida. Es el conjunto de condiciones —internas y externas— que permiten que los tres factores descritos estén presentes con regularidad. Cuando esas condiciones faltan, el resultado no es un cuidador menos resiliente. Es un cuidador en condiciones más duras. La distinción importa, porque lo primero llama a mirar hacia adentro, y lo segundo llama también a mirar hacia fuera.

El ritmo largo

Una última precisión que el cuidado de un hijo con TEA hace especialmente pertinente. La resiliencia que sirve en este contexto no se parece a la de quien afronta una crisis intensa y breve. Se parece más a la de quien sostiene una práctica durante años. Y esa diferencia cambia algo: hay personas que pueden ser muy resilientes en intensidad corta y derrumbarse en intensidad larga si nunca aprendieron a reponerse. Y, a la inversa, hay quien parecía menos resistente en una crisis puntual y se sostiene con notable estabilidad en el largo plazo, porque ha aprendido a recuperarse después de cada caída.

Reponerse, vista así, no es un acto puntual sino una práctica que se aprende haciendo. En pequeños movimientos cotidianos: dormir un poco después de un día duro, salir a respirar después de una crisis, retomar una conversación pendiente después de una tensión, pedir relevo antes de llegar al límite. Nada de esto es heroico. Y precisamente por eso funciona en horizonte largo.

Una nota para cerrar

La resiliencia parental, cuando se le retira la retórica con la que el concepto se ha cargado, queda como algo bastante más manejable. No es una cualidad de la que algunas personas disponen y otras no. Es lo que ocurre cuando ciertos factores están presentes: vínculos en los que apoyarse, sentido que sostiene lo que se hace, permiso para la vulnerabilidad. Esos factores no son rasgos de carácter; son condiciones que se construyen y se cuidan, y que necesitan también un entorno que las haga posibles. Por eso, mirar la propia resiliencia no es preguntarse cuánta fuerza tengo, sino más bien qué condiciones me sostienen y cuáles convendría reforzar. Esa segunda pregunta no exige fortaleza heroica. Exige atención. Y la atención, en un cuidado de horizonte largo, es lo que de verdad protege.

Lecturas relacionadas