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Cuidar a quien cuida

Co-parentalidad y monoparentalidad ante el TEA

Configuración del cuidado en familias con dos figuras parentales y en familias monoparentales con un hijo con TEA: derivas que erosionan la pareja, distinción entre asimetría habitual y desequilibrio que merece abordaje específico, especificidades del cuidado monoparental y dos formas de aislamiento.

~10 min de lectura

El cuidado de un hijo con TEA se distribuye de manera muy distinta según cuántas figuras adultas estén implicadas y según cómo se organicen entre sí. Esta entrada describe la configuración del cuidado en familias con dos figuras parentales y en familias con una sola, los patrones que con más regularidad se observan en cada caso, la distinción entre asimetrías habituales y desequilibrios que sí merecen abordaje específico, y el lugar central que la red externa de apoyo ocupa en ambas configuraciones, especialmente en la monoparental.

Dos configuraciones distintas, una misma fibra

Hay dos escenarios bastante distintos en la vida de los cuidadores principales de hijos con TEA. En uno, al final del día hay otra persona adulta en la casa con la que se podría compartir el peso del día —se haga o no se haga—. En el otro, no hay nadie. En el primero, las dificultades suelen aparecer en lo que ocurre entre los dos miembros de la pareja: cómo se distribuye la carga, cómo se sostiene la relación, qué pasa con lo que no se habla. En el segundo, las dificultades aparecen en otro plano: la concentración íntegra de la coordinación en una sola persona y la cuestión de quién hace de relevo, de testigo y de segunda mirada cuando estructuralmente no hay nadie cumpliendo esos roles dentro de la propia casa.

Las dos configuraciones son legítimas, las dos son frecuentes, y conviene describirlas sin tratar a una como norma de la que la otra se desvía. Sí merece la pena nombrar lo que cada una hace específicamente más fácil y más difícil, porque las dinámicas observables son distintas y las palancas para sostener cada situación también lo son.

Las tres derivas que erosionan la pareja ante el cuidado sostenido

Cuando hay dos figuras parentales sosteniendo el cuidado, lo que se observa con bastante consistencia en familias que llevan años en esta situación es que la pareja, si no se cuida explícitamente, se deteriora de manera silenciosa. No suele haber un conflicto explosivo. Suelen aparecer tres derivas pequeñas, cada una razonable en su contexto, que sostenidas en el tiempo cambian el funcionamiento de la relación.

La primera deriva es la asimetría de carga. Casi siempre uno de los dos miembros de la pareja asume el grueso del cuidado: la coordinación de las terapias, la comunicación con los profesionales, la lectura nocturna sobre intervenciones, la observación continuada del hijo, la gestión de las citas y las administraciones. Rara vez es una decisión consciente; es una deriva determinada por los horarios laborales, por la personalidad, por quién pidió la baja, por quién estaba más disponible en la fase inicial. Con el tiempo, una de las personas se convierte en el especialista del hijo y la otra queda en un segundo plano que termina viviéndose como ausencia. Y aquí aparece una dinámica que conviene nombrar: quien lleva la carga suele sentirse solo dentro de la propia pareja; quien quedó en segundo plano suele sentirse desplazado y, con frecuencia, también inútil. Nadie lo habla. No hay tiempo, no hay energía, no hay momento.

La segunda deriva es la diferencia de estilos no conversada. Las personas no tienen el mismo modo de hacer frente al cuidado. Uno tiende a estructurar al máximo, el otro a flexibilizar. Uno confía con cierta facilidad en un enfoque concreto, el otro desconfía y necesita más información antes de comprometerse. Estas diferencias, cuando se conversan abiertamente, son una fortaleza: ofrecen al hijo dos modos complementarios y a la pareja un sistema de chequeo mutuo. Sin conversar, las mismas diferencias se vuelven una tensión soterrada que el hijo, particularmente sensible a las atmósferas familiares en muchos casos de TEA, percibe sin que nadie se la haya nombrado explícitamente.

La tercera deriva es la pérdida de la pareja como pareja. Es la más sutil. Lo que ocurre es que, sin que medie ninguna decisión, todo lo que los dos miembros se dicen pasa a través del filtro del cuidado: el qué tal del hijo, la próxima cita, la última crisis, lo pendiente para mañana. Funcionan, con bastante eficiencia, como una unidad de coordinación. Y pierden, sin advertirlo, el otro plano de la relación: la conversación sobre cualquier otra cosa, los espacios donde el hijo no es el tema, la presencia mutua que existía antes del diagnóstico por motivos que no tenían que ver con esto. Reservar espacios pequeños donde el tema sea otro no es un lujo de pareja; es mantenimiento del vínculo. La pareja que no se reserva ningún espacio para sí misma se convierte en un equipo de trabajo permanente, y los equipos de trabajo, por buenos que sean, no sostienen lo que sostiene una pareja a lo largo de los años.

Las tres derivas comparten dos características que conviene tener presentes. La primera es que avanzan en silencio: ninguna se produce por una decisión visible, ninguna deja huella en el momento exacto en que ocurre, y eso hace que la pareja pueda darse cuenta del cambio bastante tarde, cuando la distancia entre los dos ya se ha vuelto considerable. La segunda es que son reversibles cuando se reconocen y se nombran, especialmente si todavía no han cristalizado en resentimiento sostenido o en distanciamiento prolongado. La reversión no es inmediata ni se produce por sí sola: requiere conversaciones honestas, redistribución efectiva de tareas y, con frecuencia, alguna forma de apoyo externo —terapia de pareja, mediación, acompañamiento psicológico—. Pero la reversibilidad documentada protege contra una lectura fatalista de las dinámicas descritas.

Asimetría habitual y desequilibrio que merece abordaje específico

Conviene introducir aquí una distinción que protege contra una lectura habitual y poco útil del punto anterior. Decir que la asimetría de carga es frecuente no significa que toda asimetría sea problemática y deba ser corregida. En muchas familias, una distribución asimétrica funciona razonablemente bien durante años, con espacios propios para cada figura, con momentos de relevo suficientes y con una circulación de información que mantiene a los dos miembros conectados con la vida del hijo, aunque uno coordine más que el otro. Esa configuración asimétrica funcional no es el problema.

La asimetría que sí merece abordaje específico es la que cruza algunos umbrales identificables. Cuando la persona que lleva el grueso del cuidado empieza a presentar signos sostenidos de agotamiento que no remiten con el descanso, o se va apagando como persona fuera del rol —cuadro que se desarrolla en El agotamiento del cuidador principal y en La identidad del cuidador más allá del rol, ambas—. Cuando la persona que quedó en segundo plano pierde casi por completo el contacto con la vida cotidiana del hijo y empieza a operar como visita de fin de semana en su propia casa. Cuando el hijo solo busca a uno de los dos para todo lo importante y al otro lo trata como figura periférica. Cuando entre los dos miembros de la pareja la conversación lleva meses limitada a logística. Y, en otro plano, cuando aparece resentimiento sostenido —por exceso de carga en un caso, por desplazamiento en el otro— que no encuentra cauce para hablarse.

Estos indicadores no son sentencia de patología familiar. Son, más sobriamente, información de que el modo actual de distribución ha dejado de funcionar para una o las dos personas implicadas y conviene revisarlo. La revisión puede hacerse internamente, en conversaciones honestas y no urgentes entre los dos miembros, o con apoyo de un profesional —terapia de pareja, mediación familiar, acompañamiento psicológico individual—. Lo que no suele funcionar es esperar a que la situación se reequilibre por sí sola; las derivas, una vez instaladas, tienden a profundizarse, no a corregirse espontáneamente.

Especificidades del cuidado en monoparentalidad

Cuando el cuidado se ejerce desde la monoparentalidad, el escenario es distinto pero la fibra de fondo es la misma: hay algo demasiado grande para sostenerse en aislamiento, y la cuestión es cómo construir condiciones para no sostenerlo en aislamiento. Conviene describirlo sin romantizar y sin dramatizar.

En el cuidado monoparental no hay, dentro de la propia casa, una segunda figura adulta con quien pasar el parte al final del día, ni con quien repartir la noche, ni con quien sostener la otra mirada que evalúa, valida o cuestiona las decisiones cotidianas. La carga de coordinación es completa y permanente. Esto tiene consecuencias prácticas concretas: el cansancio extra que la persona experimenta no es signo de menor fortaleza, sino la consecuencia proporcional de hacer en solitario tareas que en muchas familias se reparten entre dos. La aritmética simple del cuidado opera con bastante consistencia en este sentido. Reconocerlo así, en términos descriptivos, ahorra a muchas familias monoparentales la carga añadida de leer su cansancio como insuficiencia personal.

Hay también especificidades del lado opuesto que conviene nombrar. En familias monoparentales no existen las tres derivas que erosionan a la pareja, simplemente porque no hay pareja que sostener. La asimetría de carga no aplica como dinámica intrafamiliar, la diferencia de estilos no se vive como tensión entre dos personas, y la pérdida de la pareja como pareja no es categoría operativa. Y hay también fortalezas estructurales propias que conviene reconocer sin idealizarlas: en muchas familias monoparentales las decisiones sobre el cuidado se toman con mayor rapidez y consistencia precisamente porque pasan por una sola figura, el hijo recibe un patrón único de expectativas y rutinas sin las contradicciones que dos estilos no conversados pueden introducir, y la organización del día tiene una claridad operativa que las configuraciones biparentales con asimetría no resuelta no siempre alcanzan. Nada de esto compensa la sobrecarga ni la convierte en menor; solo describe que el cuidado monoparental no es la coparentalidad menos un miembro, sino una configuración con sus propias dinámicas, sus propias dificultades y sus propias palancas.

La palanca central, en el cuidado monoparental, es la construcción de red externa. Y aquí conviene una precisión importante. En las familias con dos figuras parentales, la red externa funciona como complemento útil de un cuidado que estructuralmente ya tiene dos puntos de apoyo dentro de casa. En el cuidado monoparental, la red externa no es complemento: es infraestructura básica. Es la que provee el relevo que no hay dentro de casa, la segunda mirada que valida o cuestiona, el espacio donde la persona que cuida puede dejar de coordinar durante un rato. Esto desplaza de manera importante la prioridad de las acciones disponibles: las decisiones sobre red externa —qué personas concretas conectadas a qué tareas concretas, qué recursos formales de respiro, qué apoyos administrativos— pasan a tener un peso operativo mayor que en las configuraciones biparentales. Estas dimensiones se desarrollan en las entradas La red de apoyo del cuidador y Derechos administrativos, ayudas y prestaciones para familias con TEA, ambas.

Una nota para cerrar

Conviene cerrar con una observación que vale para las dos configuraciones. Hay dos formas distintas de aislamiento, y conviene reconocerlas porque pesan ambas y se confunden con facilidad. El aislamiento estructural es el de quien cuida en monoparentalidad y no tiene dentro de su casa a nadie con quien repartir el peso; el aislamiento interno es el de quien vive bajo el mismo techo que su pareja pero lleva meses sin un encuentro real con ella, atrapado en la lógica de coordinación que ha desplazado la conversación. Las dos formas son reales, ambas tienen consecuencias documentables sobre el bienestar del cuidador, y ambas merecen atención específica. Nombrarlas con precisión, distinguirlas en la propia situación, y construir respuestas adecuadas a cada una —que no son las mismas— es uno de los gestos que más sostienen en el cuidado a largo plazo de un hijo con TEA, en cualquiera de sus configuraciones familiares.

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