Dieta sensorial doméstica
La dieta sensorial doméstica en el TEA: concepto, actividades propioceptivas y vestibulares, ajustes ambientales e integración en rutinas cotidianas.
IV.4. Rutinas sensoriales y dieta sensorial casera
Las técnicas presentadas en IV.1, IV.2 y IV.3 pertenecen al marco del Análisis Aplicado de Conducta: trabajan sobre la conducta observable mediante la manipulación sistemática de antecedentes y consecuencias. La sección IV.4 cambia de marco. Las rutinas sensoriales que la familia incorpora al día doméstico pertenecen a una tradición distinta —la Terapia Ocupacional en su rama de la Integración Sensorial— cuyo objeto no es la conducta como unidad de análisis, sino el procesamiento de la información sensorial que el sistema nervioso del niño realiza en cada momento. La premisa operativa es directa: un niño cuyo sistema nervioso está mal modulado —desbordado por estímulos que no puede integrar, o por el contrario, en busca de estímulos que no encuentra— difícilmente puede aprender, comunicarse o cooperar. Antes de cualquier enseñanza, el sustrato sensorial tiene que estar en una franja de funcionamiento que la haga posible.
Este marco fue formulado por la terapeuta ocupacional A. Jean Ayres en los años sesenta y setenta del siglo pasado, y constituye una de las grandes tradiciones de la intervención en el neurodesarrollo. Como se describe en la Sección 39 del Bloque 3, el desarrollo histórico-conceptual de la Integración Sensorial —su literatura, sus debates, sus evaluaciones críticas a lo largo de cinco décadas, sus revisiones contemporáneas en autores como Lucy Jane Miller, Roseann Schaaf o Winnie Dunn— se trabaja en el bloque dedicado al abordaje neurofuncional. Lo que la presente sección desarrolla es exclusivamente la dimensión doméstica del marco: cómo la familia puede sostener, en su día a día, un conjunto organizado de actividades con perfil sensorial específico que mantenga al niño en un estado de regulación funcional. Esa organización tiene un nombre propio —dieta sensorial— y una autora identificable, cuyo trabajo articula el resto de la sección.
IV.4.1. El concepto de dieta sensorial
El término dieta sensorial (sensory diet) fue acuñado por la terapeuta ocupacional Patricia Wilbarger a principios de los años noventa, en un trabajo desarrollado en el contexto de la formación clínica de profesionales y de la atención a niños con perfiles de procesamiento sensorial complejos. Su artículo programático The Sensory Diet: Activity Programs Based on Sensory Processing Theory y su trabajo posterior, desarrollado con su hija Julia Wilbarger, sistematizaron una idea sencilla en su formulación y exigente en su aplicación: el sistema nervioso, como el cuerpo, necesita un aporte regular de determinados tipos de estímulo para mantenerse en un estado funcional. Igual que el cuerpo necesita una dieta alimentaria que cubra sus requerimientos energéticos a lo largo del día, el sistema nervioso necesita una dieta de actividades sensoriales que cubra sus requerimientos de modulación.
La analogía nutricional no es meramente retórica: encierra una afirmación operativa precisa. Una dieta alimentaria no se cumple comiendo una vez por semana una cantidad muy grande; se cumple por la distribución regular de ingestas a lo largo del día y de la semana, con cantidades calibradas a las necesidades del organismo concreto. Análogamente, una dieta sensorial no consiste en una sesión semanal intensiva en el centro de Terapia Ocupacional —que tiene su propia función, complementaria— sino en la distribución regular, a lo largo del día y de la semana, de actividades con perfil sensorial específico que mantengan al niño dentro de la franja en la que puede funcionar. Lo que el centro hace en sus sesiones se completa con lo que la familia hace en casa todos los días.
El término modulación sensorial, central en este marco, designa la capacidad del sistema nervioso para regular su propia respuesta ante los estímulos: ni amplificarlos hasta el desbordamiento, ni filtrarlos hasta la desconexión. Un niño con dificultades de modulación puede mostrar perfiles distintos en distintos momentos: hiperresponsivo (los estímulos le resultan abrumadores, hay rechazo de texturas, de sonidos, de luces, de cercanía física), hiporresponsivo (los estímulos no le llegan con suficiente fuerza, hay aparente desconexión, falta de respuesta a llamadas, indiferencia ante el dolor o el frío), o buscador de sensación (la búsqueda activa de estímulos intensos —saltar, girar, chocar, morder, gritar— como autorregulación). Los tres perfiles pueden coexistir en el mismo niño según el canal sensorial: hiperresponsivo al ruido pero buscador de presión profunda, hiporresponsivo a las señales de hambre pero hiperresponsivo a las etiquetas de la ropa. La literatura contemporánea sobre el procesamiento sensorial, sintetizada en el modelo de cuatro cuadrantes de Winnie Dunn —Sensory Profile, en sus distintas ediciones desde 1999—, sistematiza estos perfiles y proporciona la base evaluativa para construir respuestas calibradas.
Una dieta sensorial casera persigue tres objetivos simultáneos. El primero es prevenir el desborde: anticipar los momentos del día en los que el niño es más vulnerable al colapso sensorial e introducir antes de ellos actividades que lo mantienen regulado. El segundo es activar al niño hiporresponsivo: ofrecer estímulos suficientemente potentes —presión profunda, movimiento, vibración— para que el sistema nervioso responda y el niño pueda implicarse en lo que le rodea. El tercero es canalizar la búsqueda de sensación: ofrecer al niño que busca activamente estímulos intensos formas adaptativas de obtenerlos —saltar en una cama elástica controlada, empujar contra resistencia, morder un mordedor sensorial— en lugar de hacerlo en formas que dañan a otros o a sí mismo.
La construcción de una dieta sensorial requiere una premisa importante: el perfil sensorial del niño concreto. No hay dieta sensorial universal; lo que regula a un niño puede desorganizar a otro. El protocolo de cepillado terapéutico de Wilbarger, por ejemplo, descrito en The Wilbarger Approach to Treating Sensory Defensiveness, es una intervención técnica que requiere formación específica y no se aplica por iniciativa familiar; otros componentes de la dieta sensorial —presión profunda, propiocepción, movimiento vestibular controlado— admiten una traducción doméstica más amplia, pero siempre con la evaluación previa de la terapeuta ocupacional que conoce al niño. La sección IV.4.4 retomará esta articulación entre el trabajo familiar y el profesional como condición de funcionamiento del conjunto.
Un último aspecto del concepto conviene fijarlo antes de pasar a las actividades concretas. La dieta sensorial no es una terapia paralela que la familia administra al niño; es una dimensión de la vida cotidiana que se diseña con perfil sensorial consciente. Las actividades de la dieta sensorial no se añaden al día como un compartimento más, sino que se integran en lo que el día ya contiene: en el desplazamiento al colegio, en el momento del baño, en la cena, en la espera antes de salir, en el tránsito entre actividades. Esta integración —que la subsección IV.4.4 desarrolla con detalle— es lo que distingue una dieta sensorial sostenible de un programa intensivo que la familia abandona a las pocas semanas por agotamiento.
IV.4.2. Actividades propioceptivas y vestibulares
Dentro del amplio repertorio de actividades sensoriales que la dieta puede contener, dos canales reciben atención particularmente intensa en la literatura clínica: el propioceptivo y el vestibular. Su prominencia tiene una razón funcional. Ambos canales aportan al sistema nervioso información sobre la posición y el movimiento del cuerpo en el espacio —el propioceptivo desde los receptores de músculos y articulaciones, el vestibular desde los conductos semicirculares del oído interno— y, en la práctica clínica, son los dos canales cuya estimulación organizada produce los efectos moduladores más consistentes: tienden a regular tanto los estados de hiperactivación como los de hipoactivación, tienden a calmar al niño desbordado y a activar al niño desconectado, tienden a mejorar la concentración subsiguiente. Por esta razón, la práctica clínica los utiliza como anclas de la dieta sensorial.
La propiocepción se activa cuando los músculos y las articulaciones reciben carga o resistencia. Las actividades con perfil propioceptivo son las que implican empujar, tirar, levantar, cargar, apretar, morder, masticar, presionar. En el contexto doméstico, este canal admite traducciones muy diversas según la edad y el perfil del niño. El juego brusco controlado, presente en muchas familias de forma intuitiva, es propioceptivo: el padre o la madre que sostiene al niño boca abajo agarrándolo por los tobillos, que lo lanza al sofá con seguridad, que lo aprieta en un abrazo de oso, que juega a luchar con almohadas, está aportando carga propioceptiva organizada. La presión profunda —el abrazo firme y prolongado, la manta pesada, la envolvente en una toalla apretada después del baño, el chaleco con peso si el profesional lo ha indicado— actúa por el mismo mecanismo. El trabajo con resistencia —empujar contra la pared como si quisiera moverla, tirar de una cuerda en juego cooperativo, arrastrar una caja con libros por el pasillo, transportar la bolsa de la compra— activa propiocepción de forma sostenida y simultáneamente colabora con tareas funcionales reales del hogar.
Algunas actividades propioceptivas se concentran en la musculatura oral: morder un alimento de resistencia adecuada al estado masticatorio del niño, masticar chicle si la edad y el perfil lo admiten, beber con pajita corta de resistencia, beber líquidos espesados, soplar contra resistencia. Este perfil oral-propioceptivo es particularmente relevante en niños con perfil oral disregulado —los que buscan llevarse cosas a la boca de manera persistente, los que muerden objetos o personas, los que vocalizan de manera continua— y tiene además articulación con el trabajo logopédico que la sección IV.5 desarrollará: una boca propioceptivamente regulada es una boca más disponible para la praxia y para el habla.
La estimulación vestibular se activa con el movimiento, especialmente con el movimiento de la cabeza en distintos planos. Las actividades vestibulares incluyen mecerse, columpiarse, girar, saltar, balancearse, caminar en superficies inestables, rodar sobre el suelo. Una observación operativa importante distingue dos formas de estimulación vestibular con efectos distintos. El movimiento lineal y rítmico —mecerse despacio en una hamaca, columpiarse en un movimiento regular, balancearse al ritmo de una música constante— tiene un efecto general regulador y calmante, útil para niños desbordados, para transiciones difíciles, para el momento previo al sueño. El movimiento rotatorio o irregular —girar sobre sí mismo, jugar con cambios bruscos de dirección, saltar en cama elástica con secuencias variables— tiene un efecto activador, útil para niños hiporresponsivos, para preparar al niño antes de una actividad que requiere atención, para sacarlo de un estado de aparente desconexión. La distinción importa: usar movimiento giratorio intenso justo antes de dormir produce el efecto contrario al deseado; usar movimiento mecedor lento cuando se busca activar al niño desconectado tampoco funciona.
La combinación de propiocepción y movimiento vestibular —el saltar en una cama elástica mientras se canta, el correr empujando un carrito cargado, el caminar a cuatro patas por un circuito de obstáculos blandos, el subir y bajar escaleras llevando objetos pesados— produce habitualmente efectos moduladores potentes y se utiliza con frecuencia como transición entre actividades de distinto perfil: cinco a diez minutos de circuito propioceptivo-vestibular antes de una tarea que exige concentración, antes del desayuno cuando el niño se ha despertado desorganizado, después del colegio antes de la merienda. La temporalización es relevante: estos efectos moduladores duran típicamente entre una y dos horas, según el niño, lo que sugiere que la dieta sensorial necesita redosificación a lo largo del día y no se resuelve con una única sesión matinal.
Un último elemento del repertorio propioceptivo-vestibular merece mención por su uso muy extendido: el trabajo pesado (heavy work), término que en la literatura de la Terapia Ocupacional designa actividades que combinan resistencia muscular y carga sostenida. Cargar bolsas de la compra desde el coche, mover muebles ligeros con ayuda, regar plantas con regadera llena, llevar la cesta de la ropa al lavadero, empujar el carro del supermercado, transportar las sillas para la cena, son ejemplos de trabajo pesado integrados en tareas domésticas reales. La virtud doble de estas actividades es que regulan sensorialmente al niño y simultáneamente lo integran funcionalmente en la vida del hogar, anticipando los contenidos que el Bloque mayor VI desarrollará al tratar la participación en tareas domésticas.
IV.4.3. Pausas sensoriales y ajustes ambientales
Una segunda dimensión de la dieta sensorial casera, complementaria de la oferta activa de estímulos propioceptivos y vestibulares, es la regulación de la entrada sensorial que el ambiente produce de manera no buscada. Para muchos niños con TEA, el problema central no es la falta de estímulo sino el exceso de carga ambiental que el sistema nervioso no consigue filtrar: el zumbido del electrodoméstico, el parpadeo del fluorescente, la conversación múltiple en la cocina mientras se prepara la comida, la textura de la etiqueta de la camiseta, la temperatura del agua del baño, el olor del detergente. En estos perfiles, ofrecer más actividad sensorial sin antes reducir la sobrecarga ambiental equivale a aumentar la presión sobre un sistema ya desbordado.
Los ajustes ambientales son intervenciones sobre el entorno físico del hogar dirigidas a reducir las fuentes de sobrecarga involuntaria. Operan en los distintos canales sensoriales. En el canal auditivo, los ajustes habituales incluyen la reducción del ruido de fondo cuando no es funcional (la televisión encendida sin que nadie la mire, la radio de la cocina durante una tarea de concentración, el extractor del baño durante el cepillado de dientes), la disponibilidad de auriculares con cancelación de ruido o orejeras para los entornos que el niño no puede modular (el supermercado, la fiesta familiar, el aula a la entrada del recreo), la atención al impacto acumulativo de varios sonidos simultáneos. En el canal visual, los ajustes incluyen la sustitución de fluorescentes parpadeantes por iluminación cálida y estable, la reducción de los estímulos visuales en zonas de concentración (paredes despejadas en la zona de estudio, juguetes guardados en cajas opacas cuando no se usan), el cuidado con las pantallas en los momentos previos al sueño. En el canal táctil, los ajustes incluyen la atención a las texturas de la ropa (algodones suaves, supresión de etiquetas, costuras planas, prendas sin elementos rígidos), la calibración de las texturas alimentarias en los perfiles con dificultad oral, la disponibilidad de mantas de peso o de envolventes para los momentos de desorganización. En el canal olfativo, los ajustes incluyen la atención a los olores fuertes en el hogar (perfumes intensos, productos de limpieza con olor punzante, ambientadores) que algunos niños toleran mal aunque no lo verbalicen.
Junto a los ajustes ambientales generales, una herramienta específica que la práctica doméstica ha sistematizado es el espacio de regulación, conocido habitualmente como rincón de calma o zona sensorial. Se trata de un lugar físico delimitado dentro del hogar al que el niño puede recurrir cuando necesita reducir la carga sensorial y reorganizarse. Su composición varía según el perfil y la edad, pero la lógica común se mantiene: bajo estímulo ambiental —iluminación reducida, aislamiento auditivo razonable, paredes despejadas— y disponibilidad de objetos calmantes seleccionados que el niño puede utilizar de manera autónoma. Los elementos habituales incluyen una manta pesada o un saco de presión, almohadones grandes que permiten envolverse, objetos de manipulación silenciosa (plastilina, masilla terapéutica, pelota antiestrés, cubos sensoriales), música suave o sonidos blancos si el niño los tolera, libros o cuadernos de actividad tranquila, mordedores sensoriales si el perfil oral lo pide. La intención no es que el niño se aísle del resto de la vida familiar, sino que disponga de un recurso accesible al que recurrir antes de que el desborde produzca conductas problemáticas o sufrimiento intenso.
El uso operativo del rincón de calma se desarrolla en dos direcciones. La primera es la enseñanza al niño de su existencia y de su función, con un trabajo gradual: presentación del espacio, exploración conjunta de los objetos, modelado de su uso por parte del adulto, asociación entre estados internos —«estoy nervioso», «hay mucho ruido», «necesito un rato»— y la opción de retirarse al rincón. Para los niños con dificultad para identificar y nombrar sus estados internos, los apoyos visuales que la sección IV.6 desarrollará —termómetros emocionales, escalas de cinco puntos como las que Kari Dunn Buron y Mitzi Curtis sistematizaron en The Incredible 5-Point Scale— sirven de puente entre la sensación corporal y la decisión de utilizar el espacio. La segunda dirección es la sugerencia del adulto cuando observa señales tempranas de desorganización en el niño: la propuesta de ir al rincón antes del colapso es una intervención preventiva que con el tiempo el niño internaliza y comienza a generar él mismo.
Las pausas sensoriales son un tercer recurso de esta familia. Designan interrupciones breves, programadas o pactadas, durante actividades que exigen sostener una carga prolongada —el tiempo de los deberes, una sobremesa larga, un trayecto en transporte público, una visita familiar—. La duración típica oscila entre uno y cinco minutos, y su contenido se calibra al perfil sensorial del niño: pausa propioceptiva con presión profunda y empuje contra la pared, pausa vestibular con movimiento rítmico, pausa visual de cierre de ojos y reducción del entorno, pausa auditiva con auriculares y silencio, pausa oral con un sorbo de agua fría o un mordedor. La regularidad de las pausas previene la acumulación de carga que termina en desborde y permite extender la tolerancia del niño a actividades inicialmente demasiado largas. Una observación importante: las pausas no son recompensa por buena conducta —ese sería el marco ABA, donde encajan economías de fichas y refuerzos diferenciales— sino medida preventiva que se aplica antes de que el problema aparezca. La distinción es relevante para no confundir los dos planos.
IV.4.4. Integración de necesidades sensoriales en actividades cotidianas
Las tres subsecciones anteriores han presentado los componentes —concepto de dieta sensorial, actividades propioceptivas y vestibulares, ajustes ambientales y pausas— como elementos analíticamente separados. En la práctica doméstica, la dieta sensorial no opera como repertorio paralelo a la vida del hogar, sino integrada en las actividades cotidianas que la familia ya realiza. Esta integración es lo que hace sostenible el conjunto: una dieta sensorial añadida al día como tareas suplementarias termina abandonándose; una dieta sensorial alojada en lo que el día ya contiene se sostiene en el tiempo. Esta subsección desarrolla la integración en cuatro momentos representativos del día.
La rutina del baño es uno de los puntos del día con mayor densidad de estímulo sensorial: temperatura del agua, presión sobre la piel, textura del jabón y de la toalla, sonido del grifo, vapor, olor de los productos, espacio reducido, exposición corporal. Para muchos niños con TEA, el baño es a la vez una oportunidad y un riesgo: oportunidad de regulación si se calibra bien, riesgo de desborde si se hace sin atención al perfil sensorial. Las decisiones que la integración invita a tomar incluyen el momento del día (la mayoría de los niños se regulan mejor con un baño tibio antes de la cena que con uno apresurado por la mañana), la temperatura (templada y constante, sin sorpresas), la iluminación (cálida, no fluorescente), el sonido ambiental (sin radio ni ruido de fondo, con música suave si ayuda al niño), las texturas (toallas suaves, jabones sin perfume si la olfacción es sensible), y la secuencia de transición (envolverse en una toalla grande con presión profunda al salir, masaje firme en lugar de frotado superficial al secar). El baño se convierte así, sin actividades añadidas, en una intervención propioceptivo-táctil organizada de quince a veinte minutos, que reorganiza al niño antes de la cena y prepara la transición al sueño.
La mesa es otro escenario sensorialmente complejo en el que la integración de la dieta sensorial es decisiva. La densidad de estímulos en el momento de la comida —olor, textura, temperatura, color, sonidos de cubiertos y conversación, presencia simultánea de varios miembros de la familia— supera con frecuencia la capacidad de modulación del niño. Los ajustes integrados pueden incluir la preparación propioceptiva previa (cinco a diez minutos de actividad de presión o movimiento antes de sentarse a comer mejora la disponibilidad del niño), la adaptación del asiento (sillas con respaldo firme, cojín antideslizante, reposapiés que el niño pueda presionar para autorregularse, banda elástica entre las patas delanteras de la silla que admite empujar con los pies durante la comida), la modulación auditiva (reducción de la conversación cruzada cuando el niño aún no tolera múltiples interlocutores, música ambiental suave si lo organiza), y la construcción gradual de la tolerancia textural que la sección IX desarrollará al tratar la selectividad alimentaria como barrera funcional, con remisión al plano biomédico funcional del Bloque 2 cuando el sustrato lo exige.
La rutina del vestido, escenario clásico de conflicto sensorial, admite integraciones específicas. La elección de ropa con perfil táctil tolerable —algodones suaves, costuras planas, supresión de etiquetas, prendas sin elementos rígidos en zonas de contacto— reduce la carga táctil sin demandas adicionales. La organización del momento —iluminación cálida, ausencia de prisa, secuencia predecible que los apoyos visuales TEACCH desarrollados en la sección IV.6 sostendrán— rebaja la carga ejecutiva y permite al niño atender al vestido sin desorganización. Para los niños buscadores de presión profunda, la incorporación de prendas compresivas —camisetas ajustadas debajo de la ropa, calcetines ceñidos, cinturones suaves— ofrece estimulación propioceptiva constante durante el día sin necesidad de actividades adicionales. Para los niños que tienen dificultad de transición entre prendas, el trabajo conjunto en una estación de vestido organizada visualmente, con las prendas en el orden de aplicación, integra apoyo visual y reducción de carga ejecutiva en el mismo gesto.
Los trayectos —desplazamientos al colegio, al centro de terapia, a casa de los abuelos, al supermercado— son un cuarto escenario donde la integración produce diferencias notables. Cada trayecto combina exigencias sensoriales (ruido urbano, movimiento del vehículo, paradas y arranques, exposición a multitudes) con exigencias ejecutivas (mantenerse en una postura, esperar, no salir del rango aceptable de conducta). La integración puede incluir la preparación previa al trayecto (actividad propioceptivo-vestibular breve antes de salir), la dotación del niño con recursos durante el trayecto (auriculares con cancelación si tolera, mordedor sensorial si lo necesita, objeto de manipulación silenciosa, manta pequeña para envolverse en el coche), la anticipación verbal y visual del recorrido cuando el perfil ejecutivo lo pide, y la previsión de una pausa sensorial al llegar al destino si la duración del trayecto ha sido considerable. La diferencia entre un trayecto sin preparación y uno con preparación sensorial integrada suele percibirse no durante el trayecto sino después: el niño preparado llega disponible para lo que sigue; el niño no preparado llega desbordado y requiere veinte minutos de recuperación antes de poder participar en nada.
Resta la cuestión decisiva de la articulación con la terapeuta ocupacional profesional que conoce al niño. La dieta sensorial casera no es una construcción autónoma de la familia: es una traducción doméstica de un plan que la profesional diseña a partir de la evaluación del perfil sensorial del niño, en instrumentos como el Sensory Profile de Winnie Dunn, el Sensory Processing Measure de L. Diane Parham y Cheryl Ecker, o las evaluaciones clínicas más amplias de la práctica de la Integración Sensorial. La profesional indica qué tipo de actividades benefician al niño concreto, cuáles deben evitarse —porque desorganizan más de lo que organizan—, en qué momentos del día la carga sensorial es preferible, qué señales de alarma la familia debe observar. Cuando un protocolo específico está indicado —el protocolo Wilbarger de cepillado y compresión articular es el ejemplo más conocido—, la implementación se hace bajo supervisión profesional, con entrenamiento previo y con seguimiento de la respuesta. La familia no diseña el plan; lo sostiene a lo largo del día en los espacios donde el centro no llega.
La articulación funcional entre el trabajo familiar y el profesional admite tres condiciones que la práctica recomienda. La primera es la comunicación bidireccional: la familia comparte con la terapeuta lo que observa en casa —qué actividades regulan, cuáles no, qué momentos del día son más vulnerables, cómo responde el niño a las propuestas—; la terapeuta ajusta el plan según esa información y a la vez orienta a la familia sobre lo que va observando en la sesión. La segunda es el registro elemental del trabajo casero: no un diario clínico exhaustivo, sino una nota breve —dos o tres líneas— que permita identificar patrones a lo largo de semanas y meses. La tercera es la disposición a la modificación: lo que funcionaba hace tres meses puede no servir hoy; lo que parece no funcionar puede tener que reformularse en cantidad, momento o forma antes de descartarse. La dieta sensorial es un instrumento vivo, no una receta fija.
Una observación final cierra esta sección. La dieta sensorial casera no es un tratamiento del TEA ni una intervención que modifique el sustrato del trastorno; es una herramienta de modulación funcional que sostiene la disponibilidad del niño para todo lo demás —el aprendizaje, la comunicación, la cooperación, la vida cotidiana—. Lo que el sistema nervioso reciba a través de la dieta sensorial no cura nada; lo que permite es que el resto del trabajo del día —la enseñanza estructurada, la conversación, la rutina escolar, las relaciones familiares— se desarrolle desde una franja de regulación en la que es posible. Esta función de sustrato facilitador es la que justifica la atención que la presente exposición le dedica.
Fuentes
- La secuencia predecible y la organizacion visual de las rutinas (vestido, momentos del dia) se sostienen mediante apoyos visuales estructurados.: Mesibov, G. B., Shea, V., & Schopler, E. (2005). The TEACCH Approach to Autism Spectrum Disorders. Springer.
- El marco de la Integracion Sensorial, base de las rutinas sensoriales domesticas, fue formulado en los anos sesenta y setenta como una de las grandes tradiciones de intervencion en el neurodesarrollo.: Ayres, A. J. (1972). Sensory Integration and Learning Disorders. Western Psychological Services.
- El termino y concepto de dieta sensorial, con su analogia nutricional sobre el aporte regular de estimulos al sistema nervioso, fue acunado a principios de los anos noventa.: Wilbarger, P., & Wilbarger, J. (1991). Sensory Defensiveness in Children Aged 2-12: An Intervention Guide for Parents and Other Caretakers. Avanti Educational Programs.
- Las tecnicas de trabajo sobre la conducta observable mediante manipulacion sistematica de antecedentes y consecuencias (economias de fichas, refuerzos diferenciales) pertenecen a un marco distinto del sensorial.: Baer, D. M., Wolf, M. M., & Risley, T. R. (1968). «Some current dimensions of applied behavior analysis». Journal of Applied Behavior Analysis, 1(1), 91-97.
- Los perfiles de modulacion sensorial (hiperresponsivo, hiporresponsivo, buscador de sensacion) se sistematizan mediante un modelo de cuatro cuadrantes que proporciona la base evaluativa para construir respuestas calibradas.: Dunn, W. (1997). «The impact of sensory processing abilities on the daily lives of young children and their families: A conceptual model». Infants & Young Children, 9(4), 23-35.
- Las escalas de cinco puntos sirven de puente entre la sensacion corporal y la decision del nino de utilizar el espacio de regulacion, util para ninos con dificultad para identificar y nombrar sus estados internos.: Buron, K. D., & Curtis, M. (2012). The Incredible 5-Point Scale: The Significantly Improved and Expanded Second Edition. AAPC Publishing.
- La evaluacion del perfil sensorial del nino puede apoyarse en un instrumento de medida del procesamiento sensorial usado por la terapeuta ocupacional.: Parham, L. D., et al. (2007). Sensory Processing Measure (SPM): Manual. Western Psychological Services.