ABA: fundamentos y vocabulario operativo
Qué es el Análisis Aplicado de Conducta (ABA): definición, fundamento en Skinner, siete dimensiones de Baer-Wolf-Risley, programa Lovaas y debates actuales.
Marcos y herramientas aplicadas en el hogar
IV.1. ABA: fundamentos y vocabulario operativo
IV.1.1. Qué es el Análisis Aplicado de Conducta (ABA)
El Análisis Aplicado de Conducta —en su denominación inglesa, Applied Behavior Analysis, abreviada habitualmente como ABA— es una disciplina científica y aplicada que utiliza los principios del aprendizaje, especialmente los derivados del condicionamiento operante, para producir cambios socialmente significativos en el comportamiento de las personas. En castellano se encuentra también, con menor frecuencia, la traducción literal Análisis de Conducta Aplicado o las siglas ACA; en el resto de la presente exposición se utiliza la sigla inglesa ABA, que es la que el lector encontrará en la práctica profesional, en la literatura y en la conversación con los equipos terapéuticos.
ABA es una sola cosa con varias formas de operar, y conviene fijar ese contraste desde el inicio. Por una parte, es un marco conceptual: un modo de leer el comportamiento humano que se concentra en lo que es observable —lo que el niño hace en una situación dada— y en las relaciones funcionales entre ese hacer y el entorno que lo precede y le sigue. Por otra parte, es un repertorio de técnicas: un conjunto de procedimientos derivados de ese marco que se aplican para enseñar habilidades nuevas y para modificar conductas que interfieren con la vida cotidiana de la persona. Y, finalmente, es una práctica profesional regulada: una actividad para la que existen certificaciones específicas, códigos éticos y supervisión, como se desarrolla en la subsección IV.1.6.
El fundamento conceptual de ABA es la idea, derivada del trabajo de Burrhus Frederic Skinner (1904-1990) sobre el condicionamiento operante, de que las conductas se aprenden —no son rasgos fijos de la persona ni manifestaciones inevitables de su condición— y, por tanto, pueden modificarse alterando las condiciones del entorno que las anteceden o las siguen. Skinner formuló esta tesis a partir de los años treinta del siglo XX en obras sucesivas, especialmente The Behavior of Organisms (1938) y Science and Human Behavior (1953), y la extendió al lenguaje humano en Verbal Behavior (1957). La pretensión skinneriana no era reducir al ser humano a un conjunto de reflejos: era proponer que, al margen de las explicaciones sobre estados internos —pensamientos, motivos, deseos—, una parte importante del comportamiento puede describirse, predecirse y modificarse atendiendo a sus antecedentes ambientales y a sus consecuencias. Esa es la base teórica sobre la que ABA construyó después su práctica aplicada.
El paso del marco teórico general a una disciplina aplicada con criterios propios se produjo en 1968, con la publicación, en el primer número de la revista Journal of Applied Behavior Analysis (JABA), de un artículo seminal firmado por Donald Baer, Montrose Wolf y Todd Risley: Some Current Dimensions of Applied Behavior Analysis. Ese texto, hoy de referencia obligada en la formación de cualquier analista de conducta, propuso siete dimensiones que el trabajo aplicado debía cumplir para ser propiamente ABA, y que siguen funcionando como criterios de calidad del campo: aplicado (que se ocupe de problemas con relevancia para la vida de la persona, no de habilidades sin impacto funcional); conductual (que defina y mida conductas observables); analítico (que pueda demostrar, mediante datos, que los cambios observados se deben a la intervención y no al azar o al paso del tiempo); tecnológico (que describa los procedimientos con la precisión suficiente para que otros profesionales puedan replicarlos); conceptualmente sistemático (que cada técnica esté articulada con los principios conductuales de los que deriva, en lugar de ser un truco aislado); eficaz (que los cambios producidos sean clínicamente significativos, no solo estadísticamente detectables); y generalizable (que las habilidades aprendidas se mantengan en el tiempo y se extiendan a otros contextos y personas).
Estas siete dimensiones tienen una consecuencia operativa que conviene retener desde el inicio. Una intervención que se autodenomine ABA pero no cumpla varias de ellas —por ejemplo, que no recoja datos sobre el progreso, que aplique técnicas sin marco conceptual claro, que persiga objetivos sin relevancia funcional, o que produzca habilidades que solo aparecen en la sesión de terapia— no es propiamente ABA en el sentido técnico del término, aunque utilice algunas de sus técnicas aisladas. La distinción importa para la familia que evalúa qué le ofrecen distintos profesionales o centros bajo la misma etiqueta.
Fijado este punto, el objeto del trabajo ABA en el contexto del TEA puede formularse con sencillez: incrementar conductas adaptativas —habilidades de comunicación, juego, interacción social, autocuidado, autonomía instrumental, participación en actividades con propósito— y reducir conductas que interfieren con esas adaptaciones —agresiones, autolesiones, conductas estereotipadas que bloquean otros aprendizajes, conductas de evitación severa. La balanza entre lo que se incrementa y lo que se reduce ha cambiado a lo largo de la historia del campo, como se desarrolla en IV.1.5: la práctica contemporánea pone el peso decisivo en lo primero, y trata lo segundo siempre que tiene un impacto claro sobre la vida de la persona, evitando objetivos que se reducen a la mera supresión de lo que se diferencia.
IV.1.2. Origen y trayectoria del enfoque
La aplicación sistemática de los principios del condicionamiento operante a personas con dificultades del desarrollo se inició en la década de 1960, en una serie de programas universitarios estadounidenses que tomaron el aparato conceptual de Skinner y lo trasladaron a contextos educativos y clínicos. Sidney Bijou, en la Universidad de Washington, fue uno de los pioneros en aplicar el análisis conductual al desarrollo infantil; Montrose Wolf y Todd Risley, ya mencionados como coautores del artículo fundacional de 1968, trabajaron desde finales de los años cincuenta y a lo largo de los sesenta en intervenciones aplicadas con poblaciones infantiles diversas, incluyendo niños con conductas problemáticas severas y con dificultades del desarrollo. Charles Ferster, colaborador directo de Skinner, había publicado en 1957 Schedules of Reinforcement, una sistematización de los esquemas de refuerzo que se convertiría en referencia técnica para todo el campo. En este caldo de cultivo, el ABA empezó a perfilarse como una práctica con identidad propia, distinta del laboratorio experimental del que provenía y orientada a producir cambios medibles en la vida de personas reales.
La extensión específica de ABA al TEA está vinculada de forma indisociable al nombre de Ole Ivar Lovaas (1927-2010), psicólogo noruego-estadounidense que dirigió, desde la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), un programa de investigación pionero sobre la aplicación intensiva del análisis conductual a niños con autismo. Lovaas inició sus trabajos a comienzos de los años sesenta y consolidó, a lo largo de las dos décadas siguientes, lo que se conocería como Young Autism Project. La hipótesis operativa del programa era que la aplicación temprana, intensiva y prolongada de procedimientos derivados del condicionamiento operante —en torno a cuarenta horas semanales de intervención uno a uno, durante varios años, iniciada idealmente antes de los cuatro años de edad— podía producir cambios sustanciales en el desarrollo de niños con autismo.
El hito que dio al programa una visibilidad internacional fue la publicación, en 1987, del estudio Behavioral Treatment and Normal Educational and Intellectual Functioning in Young Autistic Children, en el Journal of Consulting and Clinical Psychology. El estudio comparó dos grupos de niños con autismo: un grupo experimental que recibió cuarenta horas semanales de intervención conductual durante al menos dos años, y un grupo de control que recibió intervención de menor intensidad o ninguna. Lovaas y su equipo informaron de mejoras notables en el grupo intensivo: una proporción significativa de los niños alcanzó puntuaciones cognitivas y de funcionamiento adaptativo dentro del rango típico, y se incorporó a escolarización ordinaria sin apoyos especiales. Un trabajo de seguimiento publicado en 1993 por John McEachin, Tristram Smith y el propio Lovaas (American Journal on Mental Retardation) indicó que los logros se mantenían varios años después de finalizar la intervención.
El estudio de 1987 marcó un antes y un después en la historia del campo. Por una parte, consolidó la idea de que la intervención conductual temprana e intensiva podía producir cambios significativos en niños con TEA, y abrió la puerta a la difusión internacional de programas inspirados en el modelo Lovaas. Por otra parte, generó —y sigue generando— un debate técnico y ético amplio, sobre el que conviene retener algunas precisiones. La literatura posterior ha matizado las cifras y la interpretación del estudio original: el tamaño muestral era pequeño, la asignación a los grupos no fue plenamente aleatorizada en sentido contemporáneo, los criterios diagnósticos de la época no son los actuales, y la replicación independiente de los resultados ha producido mejoras significativas pero, en términos agregados, menos espectaculares que las del estudio original. Meta-análisis posteriores —entre otros los firmados por Sigmund Eldevik y colaboradores (2009, Journal of Clinical Child and Adolescent Psychology) y por Brian Reichow y colaboradores (revisiones Cochrane sucesivas)— han confirmado que la intervención conductual temprana intensiva produce ganancias estadísticamente significativas en cociente intelectual, lenguaje y conducta adaptativa, con tamaños de efecto moderados a grandes, pero también han subrayado la heterogeneidad de respuestas individuales: no todos los niños responden de la misma manera, y los resultados óptimos del estudio original de 1987 no se han replicado de forma generalizada.
A esta matización metodológica se añade un debate de fondo más amplio sobre la naturaleza misma de la intervención conductual intensiva, sobre las técnicas que se utilizaron en las primeras décadas del programa Lovaas —incluyendo el uso de estímulos aversivos abandonado posteriormente— y sobre los objetivos implícitos en la noción de normalización que el estudio de 1987 utilizaba como criterio de éxito. Estos debates —técnicos, éticos y políticos— se han desarrollado de forma intensa desde finales de los años noventa, tanto en la literatura especializada como en las voces de la comunidad autista adulta, que ha articulado críticas sustantivas al modelo. La presente exposición no reabre aquí ese desarrollo: como se describe en la Sección 41 del Bloque 3, esa discusión histórico-crítica se cierra en el bloque dedicado al abordaje neurofuncional. Lo que se retiene aquí, para sostener la lectura operativa del Bloque 5, es que el ABA de 2026 no es el ABA de 1987: la propia disciplina ha incorporado críticas, reformulado prácticas y redefinido objetivos. El estado contemporáneo del campo se desarrolla en IV.1.5.
Lo que sí conviene fijar antes de avanzar es el lugar que ABA ocupa hoy en el panorama de intervenciones para el TEA. Desde el final de la década de los noventa, varios organismos profesionales y sanitarios han reconocido al ABA como una de las intervenciones con mayor base empírica disponible para el TEA. El Surgeon General estadounidense lo recogió en 1999 en su informe sobre salud mental; la American Academy of Pediatrics lo ha citado de forma sostenida en sus guías clínicas sobre TEA; los National Institutes of Health y la American Psychological Association lo han incluido en sus listados de tratamientos con respaldo empírico. Esto no significa que sea el único enfoque con evidencia ni el más adecuado para cada perfil concreto: el reconocimiento de la base empírica del ABA convive con el desarrollo paralelo de otros enfoques —los modelos del desarrollo, las intervenciones naturalistas integradas en familias evolutivas como las que se presentan en IV.3, los marcos de Integración Sensorial desarrollados en el Bloque 3— que comparten o complementan parte de sus principios. La elección de marco para un perfil concreto es una decisión clínica que el profesional sanitario que conoce el caso construye con la familia, no una conclusión que la familia derive del ranking abstracto de intervenciones disponibles.
Con este recorrido histórico y conceptual fijado, la presente exposición está en condiciones de entrar en el aparato técnico propio de ABA. Las dos subsecciones siguientes presentan, primero, la unidad básica de análisis funcional del comportamiento —el modelo ABC— y, después, los principios operativos que articulan el trabajo con esa unidad: refuerzo, extinción y control de antecedentes. Constituyen, juntas, el vocabulario operativo que el resto del Bloque 5 utilizará al hablar de técnicas, registros, sistemas de refuerzo doméstico y manejo de conductas desafiantes.
Fuentes
- La American Academy of Pediatrics ha citado ABA de forma sostenida en sus guías clínicas sobre TEA.: Lipkin, P. H., & Macias, M. M. (2020). «Promoting Optimal Development: Identifying Infants and Young Children With Developmental Disorders Through Developmental Surveillance and Screening». Pediatrics, 145(1), e20193449.
- El fundamento conceptual de ABA es la idea de que las conductas se aprenden y pueden modificarse alterando el entorno, derivada del trabajo de Skinner sobre el condicionamiento operante.: Skinner, B. F. (1953). Science and Human Behavior. The Macmillan Company.
- El artículo seminal de 1968 propuso las siete dimensiones que el trabajo aplicado debe cumplir para ser propiamente ABA, que siguen como criterios de calidad del campo.: Baer, D. M., Wolf, M. M., & Risley, T. R. (1968). «Some current dimensions of applied behavior analysis». Journal of Applied Behavior Analysis, 1(1), 91-97.
- Sidney Bijou fue uno de los pioneros en aplicar el análisis conductual al desarrollo infantil.: Bijou, S. W., & Baer, D. M. (1961). Child Development: A Systematic and Empirical Theory. Appleton-Century-Crofts.
- Charles Ferster publicó en 1957 una sistematización de los esquemas de refuerzo que se convirtió en referencia técnica del campo.: Ferster, C. B., & Skinner, B. F. (1957). Schedules of Reinforcement. Appleton-Century-Crofts.
- La extensión de ABA al TEA está vinculada a Lovaas, que dirigió en UCLA un programa intensivo de análisis conductual para niños con autismo conocido como Young Autism Project.: Lovaas, O. I. (1987). «Behavioral treatment and normal educational and intellectual functioning in young autistic children». Journal of Consulting and Clinical Psychology, 55(1), 3-9.
- Un trabajo de seguimiento de 1993 indicó que los logros del programa se mantenían varios años después de finalizar la intervención.: McEachin, J. J., Smith, T., & Lovaas, O. I. (1993). «Long-term outcome for children with autism who received early intensive behavioral treatment». American Journal on Mental Retardation, 97(4), 359-372.
- Meta-análisis posteriores confirmaron que la intervención conductual temprana intensiva produce ganancias significativas en CI, lenguaje y conducta adaptativa, con tamaños de efecto moderados a grandes y heterogeneidad de respuestas.: Eldevik, S., Hastings, R. P., Hughes, J. C., Jahr, E., Eikeseth, S., & Cross, S. (2009). «Meta-analysis of Early Intensive Behavioral Intervention for children with autism». Journal of Clinical Child and Adolescent Psychology, 38(3), 439-450.
- Revisiones Cochrane sucesivas confirmaron las ganancias estadísticamente significativas de la intervención conductual temprana intensiva.: Reichow, B., et al. (2018). «Early intensive behavioral intervention (EIBI) for young children with autism spectrum disorders (ASD)». Cochrane Database of Systematic Reviews, 2018(5), CD009260.
- El Surgeon General estadounidense recogió ABA en 1999 en su informe sobre salud mental como intervención con base empírica para el TEA.: U.S. Department of Health and Human Services. (1999). Mental Health: A Report of the Surgeon General. Rockville, MD: U.S. Department of Health and Human Services, Substance Abuse and Mental Health Services Administration, Center for Mental Health Services, National Institutes of Health, National Institute of Mental Health.